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Gatsby
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Otra vez el oficial encargado de guiarles se puso á la cabeza de
la filay empezaron á desandar el camino tortuoso y resbaladizo.
El señor Desnoyers marchaba con la cabeza baja, colérico por
estaintervención del enemigo que había cortado su dicha.
Ante sus ojos revoloteaba la mirada de Julio, su barba negra y
rizosa,que era para él la mayor novedad del viaje. Oía su voz
grave de hombreque ha encontrado un nuevo sentido á la vida.
—Estoy contento, papá... estoy contento.
El tiroteo, cada vez más lejano, le producía una dolorosa
inquietud.Luego sintió una fe instintiva, absurda, firmísima.
Veía á su hijohermoso é inmortal como un dios. Tenía el
presentimiento de que su vidasaldría intacta de todos los
peligros. Que muriesen otros era natural:¡pero Julio!...
Mientras caminaba, alejándose de él, la esperanza parecía
cantar en suoído. Y como un eco de sus gratas afirmaciones, el
padre repitiómentalmente:
—No hay quien le mate. Me lo anuncia el corazón, que nunca
me engaña...¡No hay quien le mate!
IV
No hay quien le mate
Cuatro meses después, la confianza de don Marcelo sufrió un
rudo golpe.Julio estaba herido. Pero al mismo tiempo que
recibía la noticia con unretraso lamentable, Lacour le tranquilizó
con sus averiguaciones en elMinisterio de la Guerra. El sargento
Desnoyers era subteniente, suherida estaba casi curada, y gracias
á las gestiones del senador vendríaá pasar una quincena de
convalecencia al lado de su familia.
 

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