su aspecto desastrado, susbarbas trágicas y su enorme sombrero,
que hacían volver la cabeza á lostranseuntes.
Al final de la avenida destacaba su mole el Arco de Triunfo
sobre uncielo coloreado por la puesta del sol. Una nube roja
flotaba en tornodel monumento, reflejándose en su blancura con
palpitaciones purpúreas.
Desnoyers se acordó de los cuatro jinetes y todo lo demás que
le habíacontado Argensola antes de presentarle al ruso.
—Sangre—dijo alegremente—. Todo el cielo parece de
sangre... Es labestia apocalíptica que ha recibido el golpe de
gracia. Pronto laveremos morir.
Tchernoff sonrió igualmente, pero su sonrisa fué melancólica.
—No; la bestia no muere. Es la eterna compañera de los
hombres. Seoculta, chorreando sangre, cuarenta años... sesenta...
un siglo, peroreaparece. Todo lo que podemos desear es que su
herida sea larga, que seesconda por mucho tiempo y no la vean
nunca las generaciones queguardarán todavía nuestro recuerdo.
Iba ascendiendo don Marcelo por una montaña cubierta de
arboleda.
El bosque ofrecía una trágica desolación. Se había
inmovilizado en éluna tempestad muda, fijándolo todo en
posiciones violentas,antinaturales. Ni un solo árbol conservaba
la forma rectilínea y elabundante ramaje de los días de paz. Los
grupos de pinos recordaban lascolumnatas de los templos
ruinosos. Unos se mantenían erguidos en todasu longitud, pero
