A espaldas del padre y valiéndose de sus amistades había
realizado enpocos días esta transformación. Como alumno de la
Escuela Central, podíaser subteniente en la artillería de reserva,
y había solicitado que leenviasen al frente. ¡Terminado el
servicio auxiliar!... Antes de dosdías iba á salir para la guerra.
—¡Tú has hecho eso!—exclamó Chichí—. ¡Tú has hecho
eso!...
Le miraba, pálida, con los ojos enormemente agrandados, unos
ojos queparecían devorarle con su admiración.
—Ven, pobrecito mío... Ven aquí, soldadito dulce... Te debo
algo.
Y volviendo su espalda á la doncella, le invitó á doblar una
esquinainmediata. Era lo mismo: la calle transversal estaba tan
frecuentadacomo la avenida. ¡Pero el cuidado que le daban á
ella los curiosos!...Con vehemencia, le echó los brazos al cuello,
ciega é insensible paratodo lo que no fuese él.
Plantó en su cara dos besos violentos, sonoros, agresivos.
Después, vacilando sobre sus piernas, súbitamente
desfallecida, se llevóel pañuelo á los ojos y rompió á llorar
desesperadamente.
Al abrir una tarde la puerta, Argensola quedó inmóvil, como si
lasorpresa hubiese clavado sus pies en el suelo.
Un viejo le saludaba con amable sonrisa.
