—¡Tú soldado!—repitió—. ¡Tú defendiendo á mi país, que no
es eltuyo!...
Y volvía á besarle, retrocediendo luego unos pasos para
apreciar mejorsu aspecto. Decididamente, le encontraba más
hermoso en su grotescouniforme que cuando era célebre por sus
elegancias de danzarín, amado delas mujeres.
Acabó por dominar su emoción. Sus ojos, llenos de lágrimas,
brillaroncon maligno fulgor. Un gesto de odio crispaba su
rostro.
—Ve—- dijo simplemente—. Tú no sabes lo que es esta
guerra; yo vengode ella, la he visto de cerca. No es una guerra
como las otras, conenemigos leales: es una cacería de fieras...
Tira sin escrúpulo contrael montón. Por cada uno que tumbes,
libras á la humanidad de un peligro.
Se detuvo unos instantes, como si dudase, y añadió al fin con
trágicacalma:
—Tal vez encuentres frente á ti rostros conocidos. La familia
no seforma siempre á nuestro gusto. Hombres de tu sangre están
al otro lado.Si ves á alguno de ellos... no vaciles, ¡tira! es tu
enemigo.¡Mátalo!... ¡mátalo!
A fines de Octubre, la familia Desnoyers volvió á París. Doña
Luisa nopodía vivir en Biarritz, lejos de su marido, En vano «la
romántica» lehablaba de los peligros del regreso. El gobierno
todavía estaba enBurdeos; el presidente de la República y los
