Sintió vergüenza; su personalidad parecía haberse desdoblado:
secontempló á si mismo con ojos de juez. ¿Qué hacía allí el
llamado JulioDesnoyers, hombre seductor é inútil, atormentando
con su presencia á unapobre mujer, queriendo desviarla de su
noble arrepentimiento,insistiendo en sus egoístas y pequeños
deseos, cuando la humanidadentera pensaba en otras cosas?... Su
cobardía le irritó. Como el ladrónque se aprovecha del sueño de
su víctima, él rondaba en torno de unhombre bueno y valeroso
que no podía verle, que no podía defenderse,para robarle el
único afecto que tenía en el mundo y que milagrosamentevolvía
hacia él. ¡Muy bien, señor Desnoyers!... ¡Ah, canalla!
Estos insultos exteriores le hicieron erguirse, altivo,
cruel,inexorable, contra aquel otro yo digno de su desprecio.
Ladeó la cabeza: no quiso encontrar los ojos suplicantes de
Margarita;tuvo miedo á su mudo reproche. Tampoco se atrevió á
mirar al ciego, consu uniforme rapado y heroico, con su rostro
envejecido por el deber y lagloria. Le temía como á un
remordimiento.
Volvió la espalda al grupo: se alejó. ¡Adiós, amor!
¡Adiós,felicidad!... Marchaba ahora con paso firme; un milagro
acababa derealizarse en su interior: había encontrado su camino.
¡A París!... Una ilusión nueva iba á poblar el inmenso vacío de
suexistencia sin objeto.
Huía don Marcelo para refugiarse en su castillo, cuando
encontró alalcalde de Villeblanche. El estrépito de la descarga le
había hechocorrer hacia la barricada. Al enterarse de la
