con los brazos por delante. Los caballos sinjinete emprendieron
un galope loco á través de los campos, con lasriendas á la rastra,
espoleados por los estribos sueltos.
Y después del rudo vaivén que le hicieron sufrir la sorpresa y
lamuerte, se dispersó, desapareciendo casi instantáneamente,
absorbido porla arboleda.
Argensola tuvo una nueva ocupación más emocionante que la
de señalar enel mapa el emplazamiento de los ejércitos.
—Me dedico ahora á seguir al taube—decía á sus amigos—.
Se presentade cuatro á cinco, con la puntualidad de una persona
correcta que acudeá tomar el té.
Todas las tardes, á la hora mencionada, un aeroplano alemán
volaba sobreParís, arrojando bombas. Esta intimidación no
producía terror: la genteaceptaba la visita como un espectáculo
extraordinario é interesante. Envano los aviadores dejaban caer
sobre la ciudad banderas alemanas conirónicos mensajes dando
cuenta de los descalabros del ejército enretirada y de los
fracasos de la ofensiva rusa. ¡Mentiras, todomentiras! En vano
lanzaban bombas, destrozando buhardillas y matando óhiriendo
viejos, mujeres y pequeños. «¡Ah, bandidos!» La
muchedumbreamenazaba con el puño al mosquito maligno,
apenas visible á dos milmetros de altura, y después de este
desahogo lo seguía con los ojos decalle en calle ó se
inmovilizaba en las plazas para contemplar susevoluciones.
Un espectador de los más puntuales era Argensola. A las
cuatro estaba enla plaza de la Concordia, con la cara en alto y
