Era la esperanza, la ciega esperanza que con el avance de su
torsoseñalaba al Sur.
Después del almuerzo, los pasajeros del Goethe oyeron sonar a
proa labanda de música, con la lejanía soñolienta que infunde la
inmensidad delOcéano a todas las vibraciones.
—Van a vacunar a los de tercera—dijo Maltrana, siempre
enterado de loque ocurría en el buque.
Estaban aún frente a la isla, costeando sus rugosas montañas,
pétreooleaje de antiguas erupciones llegadas hasta el mar.
Bajaban por lasladeras, como ovejas en tropel, blancas
viviendas, medio ocultas algunasde ellas en los repliegues
sombreados de verde. Por encima de lascumbres iba pasando la
caperuza nevada del Teide como una cabezacuriosa, ocultándose
o apareciendo, según el buque marchaba cerca olejos de la costa.
Maltrana no podía mantenerse tranquilo en el jardín de
invierno mientrastomaba el café con Fernando. Ocurría a bordo
algo extraordinario sin queél lo presenciase.
—¿Le parece que vayamos a ver la gente de tercera?... Debe
serinteresante.
Descendieron las escaleras de dos pisos, y saliendo del castillo
centralviéronse en la explanada de proa, al pie del palo
trinquete. Bajo elgran toldo que sombreaba este espacio
aglomerábase el hedor sudoroso deuna muchedumbre. El
médico del buque y varios ayudantes, todos conblusas blancas,
ocupaban el centro junto a una mesa cargada debotiquines. Y al
son de la música pasaban los emigrantes en interminablefila,
todos con un brazo descubierto que presentaba a la lancera
