Calló un momento Isidro, gozándose en la curiosidad del
doctor, que leescuchaba muy atento.
—El resultado de todo esto—continuó—fue una gran
injusticia. Losreyes habían prometido un premio de diez mil
maravedíes al primero quedescubriese tierra, y Colón, que no
perdonaba provecho, se atribuyódicha suma, fundándose en lo
de «la candelica». Pinzón, que podíaatestiguar la verdad,
acababa de morir; y el pobre Rodríguez Bermejo, alverse
injustamente despojado por el grande hombre, sin que
nadieatendiese sus quejas, sintió tal desesperación que se pasó al
África yrenegó de la fe cristiana, haciéndose moro. Éste fue el
final delprimero que con sus ojos vio la tierra americana.
El doctor Zurita estaba pensativo.
—De suerte, che—murmuró—, que la vida civilizada de
nuestrohemisferio empieza por una injusticia, por un acto de
favoritismo, porel abuso de un mandón.
Maltrana asintió: así era. Y el doctor sonrió maliciosamente,
como sidespués de saber esto comprendiese mejor la historia del
Nuevo Mundo.
Al detenerse el trasatlántico, después de tantos días de marcha,
unasensación de extrañeza pareció circular por todo él, desde la
quilla alo alto de los mástiles.
Fue poco después de la salida del sol, y todos los pasajeros,
aun losmenos madrugadores, despertaron casi a un tiempo, con
el mismosobresalto del que experimenta una dificultad repentina
en sus órganosrespiratorios.
