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Gatsby
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estuviese en Madrid y meoyese cantar, me conocería por la voz.» Y esta esperanza,
mejor dicho,esta quimera, era lo único que le daba fuerzas para soportar la vida.
Llegó otro día, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieronlímites. En
la noche anterior no había ganado más que seis cuartos.¡Había estado tan fría! Como
que amaneció Madrid envuelto en una sábanade nieve de media cuarta de espesor. Y
todo el día siguió nevando sincesar un instante, lo cual les tenía sin cuidado a la
mayoría de lagente, y fue motivo de regocijo para muchos aficionados a la
estética.Los poetas que gozaban de una posición desahogada, muy
particularmente,pasaron gran parte del día mirando caer los copos al través de
loscristales de su gabinete, y meditando lindos e ingeniosos símiles deesos que hacen
gritar al público en el teatro «¡bravo, bravo!» u obligana exclamar cuando se leen en
un tomo de versos: «¡qué talento tiene estejoven!»
Juan no había tomado más alimento que una taza de café de ínfima clase yun
panecillo. No pudo entretener el hambre contemplando la hermosura dela nieve, en
primer lugar, porque no tenía vista; y en segundo, porqueaunque la tuviese, era difícil
que al través de la reja de vidrioempañada y sucia de su desván pudiera verla. Pasó el
día acurrucadosobre el colchón, recordando los días de la infancia y acariciando
ladulce manía de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche,[13] apretadopor la
necesidad, desfallecido, bajó a la calle a implorar una limosna.Ya no tenía guitarra; la
había vendido por tres pesetas en un momentoparecido de apuro.
La nieve caía con la misma constancia, puede decirse con el
mismoencarnizamiento. Las piernas le temblaban al pobre ciego lo mismo que eldía
primero en que salió a cantar; pero esta vez no era de vergüenza,sino de hambre.
Avanzó como pudo por las calles, enfangándose hasta másarriba del tobillo: su oído le
decía que no cruzaba apenas ningúntranseúnte; los coches no hacían ruido, y estuvo
expuesto a seratropellado por uno. En una de las calles céntricas se puso[14] al fin
acantar el primer pedazo de ópera que acudió a sus labios: la voz salíadébil y
enronquecida de la garganta; nadie se acercaba a[15] él nisiquiera por curiosidad.
«Vamos a otra parte,» se dijo, y bajó por laCarrera de San Jerónimo, caminando
torpemente sobre la nieve, cubiertoya de un blanco cendal y con los pies chapoteando
agua. El frío se leiba metiendo por los huesos; el hambre le producía un fuerte dolor
en elestómago. Llegó un momento en que el frío y el dolor le apretaron tanto,que se
sintió casi desvanecido, creyó morir,[16] y elevando el espíritua la Virgen del Carmen,
su protectora, exclamó con voz acongojada:«¡Madre mía, socórreme!» Y después de
pronunciar estas palabras, sesintió un poco mejor y marchó, o más propiamente, se
arrastró hasta laplaza de las Cortes: allí se arrimó a la columna de un farol y,
todavíabajo la impresión del socorro de la Virgen, comenzó a cantar el AveMaria, de
Gounod, una melodía a la cual siempre había tenido muchaafición. Pero nadie se
acercaba tampoco. Los habitantes de la villaestaban todos recogidos en los cafés y
teatros, o bien en sus hogareshaciendo bailar a sus hijos sobre las rodillas al amor de
 
 
 
 
 

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