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Los Pazos de Ulloa

eprolongada; y levantándose en puntas de pie, Nucha depositó a su hija enla cuna muy delicada y
cuidadosamente, pues la chiquilla era tanlista—en opinión de su madre—que distinguía al punto
la cuna del brazo,y era capaz de despertar del sopor más profundo si se enteraba de lasustitución.
Por lo mismo Julián y Nucha se hablaron muy de quedo, mientras laseñorita manejaba la
aguja de crochet calcetando unos zapatitos queparecían bolsas. Julián empezó por preguntar si se
le había quitado elsusto de la noche anterior.
—Sí, pero todavía estoy no sé cómo.
—Yo tampoco les tengo afición a esos bichos asquerosos.... No los habíavisto tan gordos
hasta que vine a la aldea. En el pueblo apenas los hay.
—Pues yo—contestó Nucha—era antes muy valiente; pero desde... que nacióla pequeña, no sé
qué me pasa; parece que me he vuelto medio tonta, quetengo miedo a todo....
Interrumpió la labor, y alzó la cara; sus grandes ojos estabandilatados; sus labios, ligeramente
trémulos.
—Es una enfermedad, es una manía; ya lo conozco, pero no lo puedoremediar, por más que
hago. Tengo la cabeza debilitada; no pienso sinoen cosas de susto, en espantos.... ¿Ve usted qué
chillidos di ayer por ladichosa araña? Pues de noche, cuando me quedo sola con la niña...—
porqueel ama durmiendo es lo mismo que si estuviese muerta; aunque le disparenal oído un
cañón de a ocho no se mueve—haría a cada paso escenas por elestilo si no me dominase. No se
lo digo a Juncal por vergüenza; pero veocosas muy raras. La ropa que cuelgo me representa
siempre hombresahorcados, o difuntos que salen del ataúd con la mortaja puesta; noimporta que
mientras está el quinqué encendido, antes de acostarme, laarregle así o asá; al fin toma esas
hechuras extravagantes aun no bienapago la luz y enciendo la lamparilla. Hay veces que distingo
personassin cabeza; otras, al contrario, les veo la cara con todas susfacciones, la boca muy
abierta y haciendo muecas.... Esos mamarrachos quehay pintados en el biombo se mueven; y
cuando crujen las ventanas con elviento, como esta noche, me pongo a cavilar si son almas del
otro mundoque se quejan....
—¡Señorita!—exclamó dolorosamente Julián—. ¡Eso es contra la fe! Nodebemos creer en
aparecidos ni en brujerías.
—¡Si yo no creo!—repuso la señorita riendo nerviosamente—. ¿Usted sefigura que soy como
el ama, que dice que ha visto en realidad laCompaña, con su procesión de luces allá a las altas
horas? En mi vidahe dado crédito a paparruchas semejantes; por eso digo que debo de
estarenferma, cuando me persiguen visiones y vestiglos.... Lo que siempre meporfía el señor de
Juncal: fortalecerse, criar sangre.... Lástima que lasangre no se compre en la tienda.... ¿no le
parece a usted?
—O que... los sanos no se la podamos regalar a... los que... lanecesitan....
Dijo esto el presbítero titubeando, poniéndose encendido hasta la nuca,porque su impulso
primero había sido exclamar: «Señorita Marcelina, aquíestá mi sangre a la disposición de usted».
El silencio producido por arranque tan vivo duró algunos segundos,durante los cuales ambos
interlocutores miraron fijamente, distraídos yensimismados, el paisaje que se alcanzaba desde la
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