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Los Pazos de Ulloa

—¡Ay!, ¡ay! ¡Qué hace usted! ¡Que se escapa... que se escapa!
Comprendió entonces el alucinado capellán lo que ocurría, con no pocavergüenza y confusión
suya.... Por la pared trepaba aceleradamente,deseando huir de la luz, una araña de desmesurado
grandor, un monstruosovientre columpiado en ocho velludos zancos. Su carrera era tan
rápida,que inútilmente trataba el señorito de alcanzarla con la bota; derepente Nucha se adelantó,
y con voz entre grave y medrosa repitióingenuamente lo que había dicho mil veces en su niñez:
—¡San Jorge... para la araña!
El feo insecto se detuvo a la entrada de la zona de sombra: la bota cayósobre él. Julián, por
reacción natural del miedo disipado, que se truecaen inexplicable gozo, iba a reírse del suceso;
pero notó que Nucha,cerrando los ojos y apoyándose en la pared, se cubría la cara con elpañuelo.
—No es nada, no es nada...—murmuraba.
—Un poco de llanto nervioso.... Ya pasará.... Estoy aún algo débil....
—¡Valiente cosa para tanto alboroto!—exclamó el marido encogiéndose dehombros—. ¡Os
crían con más mimo! En mi vida he visto tal. Don Julián,¿usted creyó que la casa se venía abajo?
¡Ea, a recogerse! Buenasnoches.
Tardó bastante el capellán en dormirse. Recapacitaba en sus terrores yconcedía su ridiculez;
prometíase vencer aquella pusilanimidad suya;pero duraba aún el desasosiego: la impulsión
estaba comunicada yalmacenada en sinuosidades cerebrales muy hondas. Apenas le otorgó
susfavores el sueño, vino con él una legión de pesadillas a cual más negray opresora. Empezó a
soñar con los Pazos, con el gran caserón; mas, porextraña anomalía propia del estado, cuyo
fundamento son siempre nocionesde lo real, pero barajadas, desquiciadas y revueltas merced al
anárquicoinflujo de la imaginación, no veía la huronera tal cual la había vistosiempre, con su
vasta mole cuadrilonga, sus espaciosos salones, su anchoportalón inofensivo, su aspecto
amazacotado, conventual, de construccióndel siglo XVIII; sino que, sin dejar de ser la misma,
había mudado deforma; el huerto con bojes y estanque era ahora ancho y profundo foso;las
macizas murallas se poblaban de saeteras, se coronaban de almenas;el portalón se volvía puente
levadizo, con cadenas rechinantes; en suma:era un castillote feudal hecho y derecho, sin que le
faltase ni elromántico aditamento del pendón de los Moscosos flotando en la torre delhomenaje;
indudablemente, Julián había visto alguna pintura o leídoalguna medrosa descripción de esos
espantajos del pasado que nuestrosiglo restaura con tanto cariño. Lo único que en el castillo
recordabalos Pazos actuales era el majestuoso escudo de armas; pero aun en estemismo existía
diferencia notable, pues Julián distinguía claramente quese habían animado los emblemas de
piedra, y el pino era un árbol verdeen cuya copa gemía el viento, y los dos lobos rapantes
movían lascabezas exhalando aullidos lúgubres. Miraba Julián fascinado hacia loalto de la torre,
cuando vio en ella alarmante figurón: un caballero convisera calada, todo cubierto de hierro; y
aunque ni un dedo de la manose le descubría, con el don adivinatorio que se adquiere soñando,
Juliánpercibía al través de la celada la cara de don Pedro. Furioso,amenazador, enarbolaba don
Pedro un arma extraña, una bota de acero, quese disponía a dejar caer sobre la cabeza del
capellán. Éste no hacíamovimiento alguno para desviarse, y la bota tampoco acababa de caer;
erauna angustia intolerable, una agonía sin término; de repente sintió quese le posaba en el
hombro una lechuza feísima, con greñas blancas. Quisogritar: en sueños el grito se queda
siempre helado en la garganta. Lalechuza reía silenciosamente. Para huir de ella, saltaba el foso;
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