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Los Pazos de Ulloa

vibransin alumbrar; que percibimos confundidas con el zumbar de los oídos y elruido de péndulo
gigante de las arterias, próximas a romperse....Sentíase desvanecer y morir; sus labios no
pronunciaban ya frases, sinoun murmullo, que todavía conservaba tonillo de oración. En medio
de sudoloroso vértigo oyó una voz que le pareció resonante como toque declarín.... La voz decía
algo. Julián entendió únicamente dos palabras:
—Una niña.
Quiso incorporarse, exhalando un gran suspiro, y lo hizo, ayudado por lapersona que había
entrado y no era otra sino Primitivo; pero apenasestuvo en pie, un atroz dolor en las
articulaciones, una sensación demazazo en el cráneo le echaron a tierra nuevamente. Desmayóse.
Abajo, Máximo Juncal se lavaba las manos en la palangana de peltresostenida por Sabel. En
su cara lucía el júbilo del triunfo mezclado conel sudor de la lucha, que corría a gotas medio
congeladas ya por el fríodel amanecer. El marqués se paseaba por la habitación ceñudo,
contraído,hosco, con esa expresión torva y estúpida a la vez que da la falta desueño a las
personas vigorosas, muy sometidas a la ley de la materia.
—Ahora alegrarse, don Pedro—dijo el médico—. Lo peor está pasado. Se haconseguido lo
que usted tanto deseaba.... ¿No quería usted que lacriatura saliese toda viva y sin daño? Pues ahí
la tenemos, sana ysalva. Ha costado trabajillo..., pero al fin....
Encogióse despreciativamente de hombros el marqués, como amenguando elmérito del
facultativo, y murmuró no sé qué entre dientes, prosiguiendoen su paseo de arriba abajo y de
abajo arriba, con las manos metidas enlos bolsillos, el pantalón tirante cual lo estaba el espíritu
de sudueño.
—Es un angelito, como dicen las viejas—añadió maliciosamente Juncal, queparecía gozarse
en la cólera del hidalgo—; sólo que angelito hembra. Aestas cosas hay que resignarse; no se
inventó el modo de escribir alcielo encargando y explicando bien el sexo que se desea....
Otro espumarajo de rabia y grosería brotó de los labios de don Pedro.Juncal rompió a reír,
secándose con la toalla.
—La mitad de la culpa por lo menos la tendrá usted, señormarqués—exclamó—. ¿Quiere
usted hacerme favor de un cigarrito?
Al ofrecer la petaca abierta, don Pedro hizo una pregunta. Máximorecobró la seriedad para
contestarla.
—Yo no he dicho tanto como eso.... Me parece que no. Cierto que cuandolas batallas son muy
porfiadas y reñidas puede suceder que elcombatiente quede inválido; pero la naturaleza, que es
muy sabia, alsometer a la mujer a tan rudas pruebas, le ofrece también las másimpensadas
reparaciones.... Ahora no es ocasión de pensar en eso, sino enque la madre se restablezca y la
chiquita se críe. Temo algún percanceinmediato.... Voy a ver.... La señora se ha quedado tan
abatida....
Entró Primitivo, y sin mostrar alteración ni susto dijo «que subiese donMáximo, que al
capellán le había dado algo; que estaba como difunto».
—Vamos allá, hombre, vamos allá. Esto no estaba en el programa—murmuróJuncal.
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