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Los Pazos de Ulloa

ocasiones semostraba hasta galante, trayéndole las flores silvestres que le llamabanla atención, o
ramas de madroño y zarzamora cuajadas de fruto. Como aNucha le causaban fuerte
sacudimiento nervioso los tiros, no llevabajamás el señorito su escopeta, y había prohibido
expresamente aPrimitivo cazar por allí. Parecía que la leñosa corteza se le ibacayendo, poco a
poco, al marqués, y que su corazón bravío y egoísta seinmutaba, dejando asomar, como entre las
grietas de la pared,florecillas parásitas, blandos afectos de esposo y padre. Si aquello noera el
matrimonio cristiano soñado por el excelente capellán, viven loscielos que debía asemejársele
mucho.
Julián bendecía a Dios todos los días. Su devoción había vuelto, no arenacer, pues no muriera
nunca, pero sí a reavivarse y encenderse. Amedida que se acercaba la hora crítica para Nucha, el
capellánpermanecía más tiempo de rodillas dando gracias al terminar la misa;prolongaba más las
letanías y el rosario; ponía más alma y fervor en elcuotidiano rezo. Y no entran en la cuenta dos
novenas devotísimas, una ala Virgen de Agosto, otra a la Virgen de Septiembre. Figurábasele
esteculto mariano muy adecuado a las circunstancias, por la convicción cadavez más firme de
que Nucha era viva imagen de Nuestra Señora, en cuantouna mujer concebida en pecado puede
serlo.
Al oscurecer de una tarde de octubre estaba Julián sentado en el poyo desu ventana, engolfado
en la lectura del P. Nieremberg. Sintió pasosprecipitados en la escalera. Conoció el modo de
pisar de don Pedro. Elrostro del señor de Ulloa derramaba satisfacción.
—¿Hay novedades?—preguntó Julián soltando el libro.
—¡Ya lo creo! Nos hemos tenido que volver del paseo a escape.
—¿Y han ido a Cebre por el médico?
—Va allá Primitivo.
Julián torció el gesto.
—No hay que asustarse.... Detrás de él van a salir ahora mismo otros dospropios. Quería ir yo
en persona, pero Nucha dice que no se queda ahorasin mí.
—Lo mejor sería ir yo también por si acaso—exclamó Julián—. Aunque sea apie y de
noche....
Lanzó don Pedro una de sus terribles y mofadoras carcajadas.
—¡Usted!—clamó sin cesar de reír—. ¡Vaya una ocurrencia, don Julián!
El capellán bajó los ojos y frunció el rubio ceño. Sentía ciertavergüenza de su sotana, que le
inutilizaba para prestar el menorservicio en tan apretado trance. Y al par que sacerdote era
hombre, demodo que tampoco podía penetrar en la cámara donde se cumplía elmisterio. Sólo
tenían derecho a ello dos varones: el esposo y el otro,el que Primitivo iba a buscar, el
representante de la ciencia humana.Acongojóse el espíritu de Julián pensando en que el recato de
Nucha ibaa ser profanado, y su cuerpo puro tratado quizás como se trata a loscadáveres en la
mesa de anatomía: como materia inerte, donde no secobija ya un alma. Comprendió que se
apocaba y afligía.
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