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Los Pazos de Ulloa

planta baja, devoradas deorín, subían las plantas parásitas, y festones de yedra seca y
raquíticacorrían por entre las junturas desquiciadas de las piedras. Estaba elportón abierto de par
en par, como puerta de quien no teme a ladrones;pero al sonido mate de los cascos de las
monturas en el piso herboso delpatio, respondieron asmáticos ladridos y un mastín y dos
perdigueros seabalanzaron contra los visitantes, desperdiciando por las fauces el pocobrío que
les quedaba, pues ninguno de aquellos bichos tenía más que unerizado pelaje sobre una armazón
de huesos prontos a agujerearlo almenor descuido. El mastín no podía, literalmente, ejecutar el
esfuerzodel ladrido: temblábanle las patas, y la lengua le salía de un palmoentre los dientes,
amarillos y roídos por la edad. Apaciguáronse losperdigueros a la voz del señor de Ulloa, con
quien habían cazado milveces; no así el mastín, resuelto sin duda a morir en la demanda, y
aquien sólo acalló la aparición de su amo el señorito de Limioso.
¿Quién no conoce en la montaña al directo descendiente de los paladinesy ricohombres
gallegos, al infatigable cazador, al acérrimotradicionalista? Ramonciño Limioso contaría a la
sazón poco más deveintiséis años, pero ya sus bigotes, sus cejas, su cabello y susfacciones todas
tenían una gravedad melancólica y dignidad algún tantoburlesca para quien por primera vez lo
veía. Su entristecido arqueo decejas le prestaba vaga semejanza con los retratos de Quevedo;
supescuezo, flaco, pedía a voces la golilla, y en vez de la vara que teníaen la mano, la
imaginación le otorgaba una espada de cazoleta. Dondequiera que se encontrase aquel cuerpo
larguirucho, aquel gabán raído,aquellos pantalones con rodilleras y tal cual remiendo, no se
podíadudar que, con sus pobres trazas, Ramón Limioso era un verdadero señordesde sus
principios—así decían los aldeanos—y no hecho a puñetazos,como otros.
Lo era hasta en el modo de ayudar a Nucha a bajarse de la borrica, en lanaturalidad galante
con que le ofreció no el brazo, sino, a la antiguausanza, dos dedos de la mano izquierda para que
en ellos apoyase lapalma de su diestra la señora de Ulloa. Y con el decoro propio de unpaso de
minueto, la pareja entró por el Pazo de Limioso adelante,subiendo la escalera exterior que
conducía al claustro, no sin peligrode rodar por ella: tales estaban de carcomidos los venerables
escalones.El tejado del claustro era un puro calado; veíanse, al través de lastejas y las vigas,
innumerables retales de terciopelo azul celeste; lacría de las golondrinas piaba dulcemente en sus
nidos, cobijados en elsitio más favorable, tras el blasón de los Limiosos, repetido en elcapitel de
cada pilar en tosca escultura—tres peces bogando en un lago,un león sosteniendo una cruz—.
Fue peor cuando entraron en la antesala.Muchos años hacía que la polilla y la vetustez habían
dado cuenta de latablazón del piso; y no alcanzando, sin duda, los medios de los Limiososa echar
piso nuevo, se habían contentado con arrojar algunas tablassueltas sobre los pontones y las vigas,
y por tan peligroso camino cruzótranquilamente el señorito, sin dejar de ofrecer los dedos a
Nucha, ysin que ésta se atreviese a solicitar más firme apoyo. Cada tablón enque sentaban el pie
se alzaba y blandía, descubriendo abajo la negraprofundidad de la bodega, con sus cubas
vestidas de telarañas.Atravesaron impávidos el abismo y penetraron en la sala, que al
menosposeía un piso clavado, aunque en muchos sitios roto y en todos casireducido a polvo sutil
por el taladro de los insectos.
Nucha se quedó inmóvil de sorpresa. En un ángulo de la sala mediodesaparecía bajo un gran
acervo de trigo un mueble soberbio, un vargueñoincrustado de concha y marfil; en las paredes,
del betún de los cuadrosviejos y ahumados se destacaba a lo mejor una pierna de
santomartirizado, toda contraída, o el anca de un caballo, o una cabezacarrilluda de angelote;
frente a la esquina del trigo, se alzaba unestrado revestido de cuero de Córdoba, que aún
conservaba su ricacoloración y sus oros intensos; ante el estrado, en semicírculo,magníficos
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