—Ya sé quién es—dijo entre dientes don Pedro, cuyo rostro se anubló.
—Pues yo... como era bastante natural, lo creí. Además tuve ocasión depersuadirme de que,
en efecto, el gaitero y Sabel... tienen... trato.
—¿Ha averiguado usted todo eso?—interrogó el marqués con ironía.
—Señor, yo.... Aunque no sirvo mucho para estas cosas, quise informarmepara no caer de
inocente.... He preguntado por ahí y todo el mundo estáconforme en que andan para casarse;
hasta don Eugenio, el abad de Naya,me dijo que el muchacho había pedido sus papeles. Y por
cierto que, apretexto de no sé qué enredo o dificultad en los tales papeles dichosos,no se hizo la
cosa todavía.
Quedóse don Pedro callado, y al fin prorrumpió:
—Es usted un santo. Ya podían venirme a mí con ésas.
—Señor, la verdad es que si tuvieron intención de engañarme... digo queson unos grandísimos
pillos. Y la Sabel, si no está muerta y penada porel gaitero, lo figura que es un asombro. Hace
dos semanas fue a casa dedon Eugenio y se le arrodilló llorando y pidiendo por Dios que se
dieseprisa a arreglarle el casamiento, porque aquel día sería el más feliz desu vida. Don Eugenio
me lo ha contado, y don Eugenio no dice una cosapor otra.
—¡Bribona! ¡Bribonaza!—tartamudeó el señorito, iracundo, paseándose porla habitación
aceleradamente.
Sosegóse no obstante muy luego, y agregó:
—No me pasmo de nada de eso, ni digo que don Eugenio mienta; pero...usted... es un
papanatas, un infeliz, porque aquí no se trata de Sabel,¿entiende usted?, sino de su padre, de su
padre. Y su padre le haengañado a usted como a un chino, vamos. La... mujer ésa, bien
comprendoque rabia por largarse; mas Primitivo es abonado para matarla antes quetal suceda.
—No, si también empezaba yo a maliciarme eso.... Mire usted que empezabaa maliciármelo.
El señorito se encogió de hombros con desdén, y exclamó:
—A buena hora.... Deje usted ya de mi cuenta este asunto.... Y por lodemás..., ¿qué tal, qué
tal?
—Muy mansos..., como corderos.... No se me han opuesto de frente a nada.
—Pero habrán hecho de lado cuanto se les antoje.... Mire usted, donJulián, a veces me dan
ganas de empapillarle a usted. Lo mismito que alos pichones.
Julián replicó todo compungido:
—Señorito, acierta usted de medio a medio. No hay forma de conseguirnada aquí si Primitivo
se opone. Tenía usted razón cuando me loaseguraba el año pasado. Y de algún tiempo acá,
parece que aún le tienenmayor respeto, por no decir más miedo. Desde que se armó la revolución
yandan agitadas las cosas políticas, y cada día recibimos una noticiagorda, creo que Primitivo se