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Los Pazos de Ulloa

bastante burla de don Pedro y del señor de la Lage, a quien seacusaba de haber bordado la
corona de marquesa en un juego de sábanasregalado a su hija; inocente desliz que el analista
confirmó,especificando dónde y cómo se habían marcado las susodichas sábanas, ycuánto había
costado el escusón y el perendengue de la coronita.
Impaciente ya, resolvió don Pedro la marcha antes de que pasase lainclemencia del invierno, a
fines de un marzo muy esquivo y desapacible.Salía el coche para Cebre tan de madrugada, que
no se veía casi; hacíaun frío cruel, y Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo vehículo,se
llevaba a menudo el pañuelo a los ojos, por lo cual su marido lainterpeló con poca blandura:
—¿Parece que vienes de mala gana conmigo?
—¡Qué cosas tienes!—respondió la muchacha destapando el rostro ysonriendo—. Es natural
que sienta dejar al pobre papá y... y a laschicas.
—Pues ellas—murmuró el señorito—me parece que no te echarán memorialespara que
vuelvas.
Nucha calló. El carruaje brincaba en los baches de la salida, y elmayoral, con voz ronca,
animaba al tiro. Alcanzaron la carretera y rodóel armatoste sobre una superficie más igual.
Nucha reanudó el diálogopreguntando a su marido pormenores relativos a los Pazos,
conversación aque él se prestaba gustoso, ponderando hiperbólicamente la hermosura
ysalubridad del país, encareciendo la antigüedad del caserón y alabandola vida cómoda e
independiente que allí se hacía.
—No creas—decía a su mujer, alzando la voz para que no la cubriese elruido de los
cascabeles y el retemblar de los vidrios—, no creas que nohay gente fina allí.... La casa está
rodeada de señorío principal: lasseñoritas de Molende, que son muy simpáticas; Ramón Limioso,
un cumplidocaballero.... También nos hará compañía el Abad de Naya.... ¡Pues y elnuestro, el de
Ulloa, que es presentado por mí! Ése es tan mío como losperros que llevo a cazar.... No le mando
que ladre y que porte porque nose me antoja. ¡Ya verás, ya verás! Allí es uno alguien y supone
algo.
A medida que se acercaban a Cebre, que entraba en sus dominios, seredoblaba la alegre
locuacidad de don Pedro. Señalaba a los grupos decastaños, a los escuetos montes de aliaga y
exclamaba regocijadísimo:
—¡Foro de casa...! ¡Foro de casa...! No corre por ahí una liebre que nopaste en tierra mía.
La entrada en Cebre acrecentó su alborozo. Delante de la posadaaguardaban Primitivo y
Julián; aquél con su cara de metal, enigmática ydura, éste con el rostro dilatado por
afectuosísima sonrisa. Nucha lesaludó con no menor cordialidad. Bajaron los equipajes, y
Primitivo seadelantó trayendo a don Pedro su lucia y viva yegua castaña. Iba éste amontar,
cuando reparó en la cabalgadura que estaba dispuesta para Nucha,y era una mula alta, maligna y
tozuda, arreada con aparejo redondo, deesos que por formar en el centro una especie de comba,
más parecenhechos para despedir al jinete que para sustentarlo.
—¿Cómo no le has traído a la señorita la borrica?—preguntó don Pedro,deteniéndose antes de
montar, con un pie en el estribo y una mano asidaa las crines de la yegua, y mirando al cazador
con desconfianza.
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