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Los Pazos de Ulloa

—Señorito, ¡si usted adoptase una buena resolución! ¡Echar a ese hombre,señorito, echarlo!
—Calle usted, hombre, calle usted.... Le pondremos a raya.... Pero eso deechar.... ¿Y los
perros? ¿Y la caza? ¿Y aquellas gentes, y todo aquelcotarro, que nadie me lo entiende sino él?
Desengáñese usted: sinPrimitivo no me arreglo yo allí.... Haga usted la prueba, sólo por gusto,de
aquillotrarme algunas cosas de las que Primitivo maneja durmiendo....Además, crea usted lo que
le digo, que es como el Evangelio: si echausted a Primitivo por la puerta, se nos entrará por la
ventana.¡Diantre! ¡Si sabré yo quién es Primitivo!
Julián balbució:
—¿Y... de lo demás...?
—De lo demás.... Arréglese usted como quiera.... Lleva usted plenospoderes.
¡Ya lo creo que los llevaba! ¡Así llevase también alguna receta eficazpara servirse de ellos!
Investido de autoridad omnímoda, Julián sentíaen el fondo del alma una especie de compasión
por la desvergonzadamanceba y el hijo espurio. Este último sobre todo. ¿Qué culpa tenía elpobre
inocente de las bellaquerías maternales? Siempre parecía duroarrojarle de una casa donde, al fin
y al cabo, el dueño era su padre.Julián no se hubiera encargado jamás de tan ingrata comisión a
noparecerle que iba en ello la salvación eterna de don Pedro, y también elsosiego temporal de la
que él seguía llamando señorita Marcelina,contra el dictamen de las convidadas a la boda.
No sin aprensión cruzó de nuevo el triste país de lobos que antecedía alvalle de los Pazos. El
cazador le aguardaba en Cebre, e hicieron lajornada juntos; Primitivo, por más señas, se mostró
tan sumiso yrespetuoso, que Julián, quien al revés que don Pedro poseía el don deerrar en el
conocimiento práctico de las gentes, guardando los aciertospara el terreno especulativo y
abstracto, fue poco a poco desechando ladesconfianza, y persuadiéndose de que ya no tenía el
zorro intencionesde morder. El rostro impasible de Primitivo no revelaba rencor ni enojo.Con su
laconismo y seriedad habituales, hablaba del tiempo desapacible ymetido en agua, que casi no
había consentido majar, ni segar el maíz, nivendimiar como Dios manda, ni cumplir en paz
ninguna de las grandesfaenas agrícolas. Estaba en efecto el camino encharcado, lleno
deaguazales, y como había llovido por la mañana también, los pinos dejabanescurrir de las
verdes y brillantes púas de su ramaje gotas de agua quese aplastaban en el sombrero de los
viajeros. Julián iba perdiendo elmiedo y un gozo muy puro le inundaba el espíritu cuando saludó
alcrucero con verdadera efusión religiosa.
«Bendito seas, Dios mío—pensaba para sí—, pues me has permitido cumpliruna obra buena,
grata a tus ojos. He encontrado en los Pazos, hace unaño, el vicio, el escándalo, la grosería y
todas las malas pasiones; yvuelvo trayendo el matrimonio cristiano, las virtudes del
hogarconsagrado por ti. Yo, yo he sido el agente de que te has valido paratan santa obra.... Dios
mío, gracias».
Cortaron el soliloquio ladridos vehementes: era la jauría del marqués,que salía a recibir al
montero mayor, haciendo locas demostraciones deregocijo, zarandeando los rabos mutilados y
abriendo de una cuarta lasfresquísimas bocas. Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues
erasumamente afectuoso para los perros; y al nieto, que en pos de losperros venía, le dio una
especie de festivo soplamocos. Quiso Juliánbesar al niño, pero éste se puso en polvorosa antes de
que pudieselograrlo; y el capellán experimentó otra vez compasivos remordimientos,causados
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