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Los Pazos de Ulloa

la comidapostrera de los reos de muerte. Verdad es que el señor don NemesioAngulo,
eclesiástico en extremo cortesano y afable, antiguo amigo ytertuliano de don Manuel y autor de
la dicha de los cónyuges, a quienesacababa de bendecir, intentó soltar dos o tres cosillas festivas,
entono decentemente jovial, para animar un poco la asamblea; pero susesfuerzos se estrellaron
contra la seriedad de los concurrentes. Todosestaban—es la frase de cajón—muy afectados,
incluso el señorito de laFormoseda, que acaso pensaba «cuando la barba de tu vecino...»,
yJulián, que viendo colmados sus deseos y votos ardentísimos, triunfantesu candidatura, sentía
no obstante en el corazón un peso raro, como sialgún presentimiento cruel se lo abrumase.
Seria y solícita, la novia atendía y servía a todo el mundo; dos o tresveces su pulso
desasentado le hizo verter el Pajarete que escanciaba albuen don Nemesio, colocado en sitio
preferente, a su derecha. El novioentretanto conversaba con los hombres, y, al alzarse de la
mesa,repartió excelentes cigarros de que tenía rellena la petaca. Nadiealudió al trascendental
acontecimiento, ni se atrevió a decir la menorchanza que pudiese poner colorada a la novia; pero
al despedirse losconvidados, algunos caballeros recalcaron maliciosamente las buenasnoches,
mientras matronas y doncellas, besando con estrépito a ladesposada, le chillaban al oído: «Adiós,
señora.... Ya eres señora,ya no es posible llamarte señorita...», celebrando tan trivialobservación
con afectadas risas, y mirando a Nucha como paraaprendérsela de memoria. Cuando todos
fueron saliendo, don Manuel Pardose acercó a su hija, y la oprimió contra el pecho colosal,
sellándole lafrente con besos muy cariñosos. Hallábase realmente conmovido el señorde la Lage:
era la primera vez que casaba una hija; sentía desbordarseen su alma la paternidad, y al tomar de
la mano a Nucha para conducirlaa la cámara nupcial, alumbrándoles el camino Misia Rosario
con uncandelabro de cinco brazos cogido de la mesa del comedor, no acertaba apronunciar
palabra, y un poco de humedad se asomaba a sus lagrimalesáridos, y una sonrisa de orgullo y
placer entreabría al mismo tiempo suboca. En el umbral pudo exclamar al cabo:
—¡Si levantase la cabeza tal día como hoy tu madre que en gloria esté!
Ardían en el tocador de la estancia dos velas puestas en candeleros nomenos empinados y
majestuosos que los candelabros del refresco; y comono la iluminaba otra luz, ni se había soñado
siquiera en el clásicoglobo de porcelana que es de rigor en todo voluptuoso camarín de
novela,impregnaba la alcoba más misterio religioso que nupcial, completando suanalogía con
una capilla u oratorio la forma del tálamo, cuyas cortinasde damasco rojo franjeadas de oro se
parecían exactamente a colgadurasde iglesia, y cuyas sábanas blanquísimas, tersas y
almidonadas, conrandas y encajes, tenían la casta lisura de los manteles de altar.Cuando el padre
se retiraba ya, murmurando «Adiós, Nuchiña, hijaquerida», la novia le asió la diestra y se la besó
humildemente, conlabios secos, abrasados de calentura. Quedó sola. Temblaba como la hojaen el
árbol, y al través de sus crispados nervios corría a cada instanteel escalofrío de la muerte
chiquita, no por miedo razonado yconsciente, sino por cierto pavor indefinible y sagrado.
Parecíale queaquella habitación donde reinaba tan imponente silencio, donde ardíantan altas y
graves las luces, era el mismo templo en que no hacía doshoras aún se había puesto de hinojos....
Volvió a arrodillarse, divisandoallá en la sombra de la cabecera del lecho el antiguo Cristo de
ébano ymarfil, a quien el cortinaje formaba severo dosel. Sus labios murmurabanel
consuetudinario rezo nocturno: «Un Padrenuestro por el alma demamá...». Oyéronse en el
corredor pisadas recias, crujir de botasflamantes, y la puerta se abrió.
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