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Los Pazos de Ulloa

—Es mi niño—afirmó Nucha muy grave.
—¿Tu niño?
Riéronse las otras hermanas a carcajadas, y don Pedro exclamó cayendo enla cuenta:
—¡Bah!, ya sé. Es vuestro hermano, mi señor primo, el mayorazgo de laLage, Gabrieliño.
—Pues claro: ¿quién había de ser? Pero esa Nucha le quiere tanto, quesiempre le llama su
niño.
Nucha, corroborando el aserto, se inclinó y besó el retrato, con tanapasionada ternura, que allá
en Segovia el pobre alumno, víctima quizáde los rigores de la cruel novatada, debió sentir en la
mejilla y elcorazón una cosa dulce y caliente.
Cuando Carmen, la tristona, vio a sus hermanas entretenidas, seescabulló del salón, donde ya
no apareció más. Agotado todo lo que en elsalón había que enseñar al primo, le mostraron la
casa desde el desvánhasta la leñera: un caserón antiguo, espacioso y destartalado, como
aúnquedan muchos en la monumental Compostela, digno hermano urbano de losrurales Pazos de
Ulloa. En su fachada severa desafinaba una galería denuevo cuño, ideada por don Manuel Pardo
de la Lage, que tenía el costosovicio de hacer obras. Semejante solecismo arquitectónico era
elquitapesares de las señoritas de Pardo; allí se las encontraba siempre,posadas como pájaros en
rama favorita, allí hacían labor, allí tenían unbreve jardín, contenido en macetas y cajones, allí
colgaban jaulas decanarios y jilgueros; tal vez no parasen en esto los buenos oficios dela galería
dichosa. Lo cierto es que en ella encontraron a Carmen,asomada y mirando a la calle, tan absorta
que no sintió llegar a sushermanas. Nucha le tiró del vestido; la muchacha se volvió,
pudiendonotarse que tenía unas vislumbres de rosa en las mejillas, descoloridasde ordinario.
Hablóle Nucha vivamente al oído, y Carmen se apartó delencristalado antepecho, siempre muda
y preocupada. Rita no cesaba deexplicar al primo mil particularidades.
—Desde aquí se ven las mejores calles... Ése es el Preguntoiro; por ahípasa mucha gente....
Aquella torre es la de la Catedral.... ¿Y tú no hasido a la Catedral todavía? ¿Pero de veras no le
has rezado un Credo alSanto Apóstol, judío?—exclamaba la chica vertiendo provocativa luz
desus pupilas radiantes—. Vaya, vaya.... Tengo yo que llevarte allí, paraque conozcas al Santo y
lo abraces muy apretadito.... ¿Tampoco has vistoaún el Casino?, ¿la Alameda?, ¿la Universidad?
¡Señor! ¡Si no has vistonada!
—No, hija.... Ya sabes que soy un pobre aldeano... y he llegado ayer alanochecer. No hice
más que acostarme.
—¿Por qué no te viniste acá en derechura, descastado?
—¿A alborotaros la casa de noche? Aunque salgo de entre tojos, no soytan mal criado como
todo eso.
—Vamos, pues hoy tienes que ver alguna notabilidad.... Y no faltar alpaseo.... Hay chicas
muy guapas.
—De eso ya me he enterado, sin molestarme en ir a la Alameda—contestó elprimo echando a
Rita una miradaza que ella resistió con intrepideznotoria, y pagó sin esquivez alguna.
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