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Los Pazos de Ulloa

—Está sin una ferradura siquiera—declaró serenamente el cazador.
—¡Mal rayo que te parta!—vociferó el marqués echando fuego por losojos—. ¡Ahora me
dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya cuidar de que estéherrada? ¿O he de llevarla yo al herrador
todos los días?
—Como no sabía que el señorito quisiese salir hoy....
—Señor—intervino Julián—, yo iré a pie. Al fin tenía determinado dar esepaseo. Lleve usted
la burra.
—Tampoco hay burra—objetó el cazador sin pestañear ni alterar un solomúsculo de su faz
broncínea.
—¿Que... no... hay... bu... rraaaaa?—articuló, apretando los puños, donPedro—. ¿Que no...
la... hayyy? A ver, a ver.... Repíteme eso, en micara.
El hombre de bronce no se inmutó al reiterar fríamente.
—No hay burra.
—¡Pues así Dios me salve! ¡La ha de haber y tres más, y si no por quiensoy que os pongo a
todos a cuatro patas y me lleváis a caballo hastaCebre!
Nada replicó Primitivo, incrustado en el quicio de la puerta.
—Vamos claros, ¿cómo es que no hay burra?
—Ayer, al volver del pasto, el rapaz que la cuida le encontró dospuñaladas.... Puede el
señorito verla.
Disparó don Pedro una imprecación, y bajó de dos en dos las escaleras.Primitivo y Julián le
seguían. En la cuadra, el pastor, adolescente decara estúpida y escrofulosa, confirmó la versión
del cazador. Allá en elfondo del establo columbraron al pobre animal, que temblaba, con
lasorejas gachas y el ojo amortiguado; la sangre de sus heridas, en negroreguero, se había
coagulado desde el anca a los cascos. Juliánexperimentaba en el establo sombrío y lleno de
telarañas impresiónanáloga a la que sentiría en el teatro de un crimen. Por lo que hace
almarqués, quedóse suspenso un instante, y de súbito, agarrando al pastorpor los cabellos, se los
mesó y refregó con furia, exclamando:
—Para que otra vez dejes acuchillar a los animales..., toma..., toma...,toma....
Rompió el chico a llorar becerrilmente, lanzando angustiosas miradas alimpasible Primitivo.
Don Pedro se volvió hacia éste.
—Pilla ahora mismo mi saco y la maleta de don Julián.... Volando.... Nosvamos a pie hasta
Cebre.... Andando bien, tenemos tiempo de coger elcoche.
Obedeció el cazador sin perder su helada calma. Bajó la maleta y elsaco; pero en vez de cargar
ambos objetos a hombros, entregó cada bultoa un mozo de campo, diciendo lacónicamente:
—Vas con el señorito.
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