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Los Pazos de Ulloa

Por depresiva que fuese para el amor propio del capellán la observación,hubo de reconocer su
exactitud. No obstante, picado ya, se propusoagotar los recursos del ingenio para conseguir la
victoria en lucha tandesigual. Y su caletre le sugirió la siguiente perogrullada:
—Pero, señor marqués..., ¿por qué no sale un poco al pueblo? ¿No seríaése el mejor modo de
desenredarse? Me admiro de que un señorito comousted pueda aguantar todo el año aquí, sin
moverse de estas montañasfieras.... ¿No se aburre?
El marqués miraba al suelo, aun cuando en él no había cosa digna deverse. La idea del
capellán no le cogía de sorpresa.
—¡Salir de aquí!—exclamó—. ¿Y a dónde demontre se va uno? Siquiera aquí,mal o bien, es
uno el rey de la comarca.... El tío Gabriel me lo decíamil veces: las personas decentes, en las
poblaciones, no se distinguende los zapateros.... Un zapatero que se hace millonario metiendo
ysacando la lesna, se sube encima de cualquier señor, de los que lo somosde padres a hijos.... Yo
estoy muy acostumbrado a pisar tierra mía y aandar entre árboles que corto si se me antoja.
—Pero al fin, señorito, ¡aquí le manda Primitivo!
—Bah.... A Primitivo le puedo yo dar tres docenas de puntapiés, si se mehinchan las narices,
sin que el juez me venga a empapelar.... No lo hago;pero duermo tranquilo con la seguridad de
que lo haría si quisiese.¿Cree usted que Sabel irá a quejarse a la justicia de los culatazos dehoy?
Esta lógica de la barbarie confundía a Julián.
—Señor, yo no le digo que deje esto... Únicamente, que salga unatemporadita, a ver cómo le
prueba.... Apartándose usted de aquí algúntiempo, no sería difícil que Sabel se casase con
persona de su esfera, yque usted también encontrase una conveniencia arreglada a su calidad,una
esposa legítima. Cualquiera tiene un desliz, la carne es flaca; poreso no es bueno para el hombre
vivir solo, porque se encenaga, y comodijo quien lo entendía, es mejor casarse que abrasarse
enconcupiscencia, señor don Pedro. ¿Por qué no se casa, señorito?—exclamó,juntando las
manos—. ¡Hay tantas señoritas buenas y honradas!
A no ser por la oscuridad, vería Julián chispear los ojos del marqués deUlloa.
—¿Y cree usted, santo de Dios, que no se me había ocurrido a mí? ¿Piensausted que no sueño
todas las noches con un chiquillo que se me parezca,que no sea hijo de una bribona, que continúe
el nombre de la casa...,que herede esto cuando yo me muera... y que se llame Pedro
Moscoso,como yo?
Al decir esto golpeábase el marqués su fornido tronco, su pecho varonil,cual si de él quisiese
hacer brotar fuerte y adulto ya el codiciadoheredero. Julián, lleno de esperanza, iba a animarle en
tan buenospropósitos; pero se estremeció de repente, pues creyó sentir a susespaldas un rumor,
un roce, el paso de un animal por entre la maleza.
—¿Qué es eso?—exclamó volviéndose—. Parece que anda por aquí el zorro.
El marqués le cogió del brazo.
—Primitivo...—articuló en voz baja y ahogada de ira—. Primitivo que nosatisbará hace un
cuarto de hora, oyendo la conversación.... Ya está ustedfresco.... Nos hemos lucido.... ¡Me valga
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