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Los Pazos de Ulloa

labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana. Depronto los cascos del caballo
cesaron de resonar y se hundieron enblanda alfombra: era una camada de estiércol vegetal,
tendida, segúncostumbre del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta unamujer daba de
mamar a una criatura. El jinete se detuvo.
—Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa?
—Va bien, va....
—¿Y... falta mucho?
Enarcamiento de cejas, mirada entre apática y curiosa, respuesta ambiguaen dialecto:
—La carrerita de un can....
¡Estamos frescos!, pensó el viajero, que si no acertaba a calcular loque anda un can en una
carrera, barruntaba que debe ser bastante para uncaballo. En fin, en llegando al crucero vería los
Pazos de Ulloa..... Todose le volvía buscar el atajo, a la derecha..... Ni señales. La
vereda,ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de manchonesde robledal y
algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a derechae izquierda, matorrales de brezo
crecían desparramados y oscuros.Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en
quien,nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vezprimera frente a frente
con la ruda y majestuosa soledad de lanaturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de
gentesasesinadas en sitios desiertos.
—¡Qué país de lobos!—dijo para sí, tétricamente impresionado.
Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha secolumbraba, estrecho y pendiente,
entre un doble vallado de piedra,límite de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del jaco para
evitartropezones, cuando divisó casi al alcance de su mano algo que le hizoestremecerse: una
cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos,medio caída ya sobre el murallón que la
sustentaba. El clérigo sabía queestas cruces señalan el lugar donde un hombre pereció de
muerteviolenta; y, persignándose, rezó un padrenuestro, mientras el caballo,sin duda por olfatear
el rastro de algún zorro, temblaba levementeempinando las orejas, y adoptaba un trotecillo
medroso que en breve lecondujo a una encrucijada. Entre el marco que le formaban las ramas
deun castaño colosal, erguíase el crucero.
Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a primera vista parecíamonumento románico,
por más que en realidad sólo contaba un siglo defecha, siendo obra de algún cantero con pujos
de escultor, el crucero,en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico árbol,era
poético y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción,pronunció descubriéndose:
«Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues portu Santísima Cruz redimiste al mundo», y de paso
que rezaba, su miradabuscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel granedificio
cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle. Poco duróla contemplación, y a punto estuvo
el clérigo de besar la tierra, merceda la huida que pegó el rocín, con las orejas enhiestas, loco de
terror.El caso no era para menos: a cortísima distancia habían retumbado dostiros.
Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado al arzón, sin atreverse ni aregistrar la maleza para
averiguar dónde estarían ocultos los agresores;mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo
situado a espaldas delcrucero descendía un grupo de tres hombres, antecedido por otros
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