Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Los Pazos de Ulloa

Corría entre tanto el invierno, y el capellán se habituaba a la vidacampestre. El aire vivo y
puro le abría el apetito: no sentía ya lasefusiones de devoción que al principio, y sí una especie
de caridadhumana que le llevaba a interesarse en lo que veía a su alrededor,especialmente los
niños y los irracionales, con quienes desahogaba suinstintiva ternura. Aumentábase su
compasión hacia Perucho, el rapazembriagado por su propio abuelo; le dolía verle
revolcarseconstantemente en el lodo del patio, pasarse el día hundido en elestiércol de las
cuadras, jugando con los becerros, mamando del pezón delas vacas leche caliente o durmiendo
en el pesebre, entre la hierbadestinada al pienso de la borrica; y determinó consagrar algunas
horasde las largas noches de invierno a enseñar al chiquillo el abecedario,la doctrina y los
números. Para realizarlo se acomodaba en la vastamesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por
Sabel con gruesostroncos; y cogiendo al niño en sus rodillas, a la luz del triple mecherodel
velón, le iba guiando pacientemente el dedo sobre el silabario,repitiendo la monótona salmodia
por donde empieza el saber: be-a bá,be-e bé, be-i bí.... El chico se deshacía en bostezos enormes,
en muecasrisibles, en momos de llanto, en chillidos de estornino preso; seacorazaba, se defendía
contra la ciencia de todas las manerasimaginables, pateando, gruñendo, escondiendo la cara,
escurriéndose, almenor descuido del profesor, para ocultarse en cualquier rincón ovolverse al
tibio abrigo del establo.
En aquel tiempo frío, la cocina se convertía en tertulia, casiexclusivamente compuesta de
mujeres. Descalzas y pisando de lado, comorecelosas, iban entrando algunas, con la cabeza
resguardada por unaespecie de mandilón de picote; muchas gemían de gusto al acercarse a
ladeleitable llama; otras, tomando de la cintura el huso y el copo delino, hilaban después de
haberse calentado las manos, o sacando delbolsillo castañas, las ponían a asar entre el rescoldo; y
todas,empezando por cuchichear bajito, acababan por charlotear como urracas.Era Sabel la reina
de aquella pequeña corte: sofocada por la llama, conlos brazos arremangados, los ojos húmedos,
recibía el incienso de lasadulaciones, hundía el cucharón de hierro en el pote, llenaba cuencos
decaldo, y al punto una mujer desaparecía del círculo, refugiábase en laesquina o en un banco,
donde se la oía mascar ansiosamente, soplar elhirviente bodrio y lengüetear contra la cuchara.
Noches había en que nose daba la moza punto de reposo en colmar tazas, ni las mujeres enentrar,
comer y marcharse para dejar a otras el sitio: allí desfilabasin duda, como en mesón barato, la
parroquia entera. Al salir cogíanaparte a Sabel, y si el capellán no estuviese tan distraído con
surebelde alumno, vería algún trozo de tocino, pan o lacón rápidamenteescondido en un justillo,
o algún chorizo cortado con prontitud de lasristras pendientes en la chimenea, que no menos
velozmente pasaba a lasfaltriqueras. La última tertuliana que se quedaba, la que secreteaba
mástiempo y más íntimamente con Sabel, era la vieja de las greñas deestopa, entrevista por
Julián la noche de su llegada a los Pazos. Eraimponente la fealdad de la bruja: tenía las cejas
canas, y, de perfil,le sobresalían, como también las cerdas de un lunar; el fuego hacíaresaltar la
blancura del pelo, el color atezado del rostro, y el enormebocio o papera que deformaba su
garganta del modo más repulsivo.Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía de un
artistapodía evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecenjuntas una
asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezuñade cabra.
Sin explicarse el porqué, empezó a desagradar a Julián la tertulia y lasfamiliaridades de Sabel,
que se le arrimaba continuamente, a pretexto debuscar en el cajón de la mesa un cuchillo, una
taza, cualquier objetoindispensable. Cuando la aldeana fijaba en él sus ojos azules, anegadosen
caliente humedad, el capellán experimentaba malestar violento,comparable sólo al que le
causaban los de Primitivo, que a menudosorprendía clavados a hurtadillas en su rostro.
Remove