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Los Pazos de Ulloa

deamarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que eltraje del mozo era de
paño negro liso, cortado con la flojedad y pocagracia que distingue a las prendas de ropa de
seglar vestidas porclérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eranasimismo
negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba caladohasta las cejas, por temor a que los
zarandeos de la trotada se lohiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo.
Bajoel cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordadode cuentas de
abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica:inclinado sobre el arzón, con las piernas
encogidas y a dos dedos desalir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo
alcuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos.
Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la sosegada andadura habitual,y pudo el jinete
enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya anchurainconmensurable le había descoyuntado los
huesos todos de la regiónsacro-ilíaca. Respiró, quitóse el sombrero y recibió en la frentesudorosa
el aire frío de la tarde. Caían ya oblicuamente los rayos delsol en los zarzales y setos, y un peón
caminero, en mangas de camisa,pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito,
dabalánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta.Tiró el jinete del
ramal para detener a su cabalgadura, y ésta, que sehabía dejado en la cuesta abajo las ganas de
trotar, paróinmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su sombrerorelució un
instante.
—¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa delseñor marqués de Ulloa?
—¿Para los Pazos de Ulloa?—contestó el peón repitiendo la pregunta.
—Eso es.
—Los Pazos de Ulloa están allí—murmuró extendiendo la mano para señalara un punto en el
horizonte.—Si la bestia anda bien, el camino que quedapronto se pasa.... Ahora tiene que seguir
hasta aquel pinar ¿ve? y luegole cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a
manoderecha por un atajito, hasta el crucero.... En el crucero ya no tienepérdida, porque se ven
los Pazos, una costrución muy grandísima....
—Pero..... ¿como cuánto faltará?—preguntó con inquietud el clérigo.
Meneó el peón la tostada cabeza.
—Un bocadito, un bocadito....
Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena,manejando el azadón lo
mismo que si pesase cuatro arrobas.
Se resignó el viajero a continuar ignorando las leguas de que se componeun bocadito, y
taloneó al rocín. El pinar no estaba muy distante, ypor el centro de su sombría masa serpeaba una
trocha angostísima, en lacual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las
oscurasprofundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que nodesmentía las
aptitudes especiales de la raza caballar gallega paraandar por mal piso, avanzaba con suma
precaución, cabizbajo, tanteandocon el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas
por lallanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados yatravesados donde hacían
menos falta. Adelantaban poco a poco, y yasalían de las estrecheces a senda más desahogada,
abierta entre pinosnuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una solaheredad
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