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Los Pazos de Ulloa

de los Pazos a las seis, antes que anocheciese del todo.Algún labrador o jornalero les vio salir,
pero ¿qué había de hacer? Eranveinte, bien armados con escopetas, pistolas y trabucos.
Fray Venancio, que sólo había recibido tal cual puntapié o puñadadespreciativa, no necesitó
más pasaporte para irse al otro mundo, depuro miedo, en una semana; la señora se apresuró
menos, pero, como sueledecirse, no levantó cabeza, y de allí a pocos meses una apoplejía
serosale impidió seguir guardando onzas en un agujero mejor disimulado. Delrobo se habló largo
tiempo en el país, y corrieron rumores muy extraños:se afirmó que los criminales no eran
bandidos de profesión, sino gentesconocidas y acomodadas, alguna de las cuales desempeñaba
cargo público,y entre ellas se contaban personas relacionadas de antiguo con lafamilia de Ulloa,
que por lo tanto estaban al corriente de lascostumbres de la casa, de los días en que se quedaba
sin hombres, y dela insaciable constancia de doña Micaela en recoger y conservar la másvaliosa
moneda de oro. Fuese lo que fuese, la justicia no descubrió alos autores del delito, y don Pedro
quedó en breve sin otro pariente quesu tío Gabriel. Éste buscó para el sitio de fray Venancio a un
sacerdotebrusco, gran cazador, incapaz de morirse de miedo ante los ladrones.Desde tiempo
atrás les ayudaba en sus expediciones cinegéticasPrimitivo, la mejor escopeta furtiva del país, la
puntería más certera,y el padre de la moza más guapa que se encontraba en diez leguas a
laredonda. El fallecimiento de doña Micaela permitió que hija y padre seinstalasen en los Pazos,
ella a título de criada, él a título de...montero mayor, diríamos hace siglos; hoy no hay nombre
adecuado para elempleo. Don Gabriel los tenía muy a raya a entrambos, olfateando enPrimitivo
un riesgo serio para su influencia; pero tres o cuatro añosdespués de la muerte de su hermana,
don Gabriel sufrió ataques de gotaque pusieron en peligro su vida, y entonces se divulgó lo que
ya sesusurraba acerca de su casamiento secreto con la hija del carcelero deCebre. El hidalgo se
trasladó a vivir, mejor dicho a rabiar, en lavillita; otorgó testamento legando a tres hijos que
tenía sus bienes ycaudal, sin dejar al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria; yhabiéndosele
subido la gota al corazón, entregó su alma a Dios demalísima gana, con lo cual hallóse el último
de los Moscosos dueño de sípor completo.
Gracias a todas estas vicisitudes, socaliñas y pellizcos, la casa deUlloa, a pesar de poseer dos
o tres decentes núcleos de renta, estabaenmarañada y desangrada; era lo que presumía Julián:
una ruina. Dada lacomplicación de red, la subdivisión atomística que caracteriza a lapropiedad
gallega, un poco de descuido o mala administración basta paraminar los cimientos de la más
importante fortuna territorial. Lanecesidad de pagar ciertos censos atrasados y sus intereses había
sidocausa de que la casa se gravase con una hipoteca no muy cuantiosa; perola hipoteca es como
el cáncer: empieza atacando un punto del organismo yacaba por inficionarlo todo. Con motivo
de los susodichos censos, elseñorito buscó asiduamente las onzas del nuevo escondrijo de su
madre;tiempo perdido: o la señora no había atesorado más desde el robo, o lohabía ocultado tan
bien, que no diera con ello el mismo diablo.
La vista de tal hipoteca contristó a Julián, pues el buen clérigoempezaba a sentir la adhesión
especial de los capellanes por las casasnobles en que entran; pero más le llenó de confusión
encontrar entre lospapelotes la documentación relativa a un pleitecillo de partijas,sostenido por
don Alberto Moscoso, padre de don Pedro, con.... ¡elmarqués de Ulloa!
Porque ya es hora de decir que el marqués de Ulloa auténtico y legal, elque consta en la Guía
de forasteros, se paseaba tranquilamente encarretela por la Castellana, durante el invierno de
1866 a 1867,mientras Julián exterminaba correderas en el archivo de los Pazos. Bienajeno estaría
él de que el título de nobleza por cuya carta de sucesiónhabía pagado religiosamente su impuesto
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