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Los Pazos de Ulloa

quejaba deultrajes mortales, que le amenazaba, que le expulsaba de su casaignominiosamente y
para siempre; y ver a la infeliz señorita, a laverdaderamente ofendida esposa, impotente para
desmentir la ridícula yhorrenda calumnia. ¿Y qué sería si hubiesen realizado su plan de fuga
aldía siguiente? ¡Entonces sí que tendrían que bajar la cabeza, darse porconvictos!... ¡Y decir que
cinco minutos antes no se les preveníasiquiera la posibilidad de que don Pedro y el mundo lo
interpretasenasí!
No, no lo olvidará Julián. No olvidará aquellas inesperadastribulaciones, el valor repentino y
ni aun de él mismo sospechado quedesplegó en momentos tan críticos para arrojar a la faz del
maridocuanto le hervía en el alma, la reprobación, la indignación contenidapor su habitual
timidez; el reto provocado por el bárbaro insulto; loscalificativos terribles que acudían por vez
primera a su boca, avezadaúnicamente a palabras de paz; el emplazamiento de hombre a hombre
quelanzó al salir de la capilla.... No olvidará, no, la escena terrible, pormuchos años que pesen
sobre sus hombros y por muchas canas que leenfríen las sienes. Ni olvidará tampoco su partida
precipitada, sin dartiempo a recoger el equipaje; cómo ensilló con sus propias inexpertasmanos
la yegua; cómo, desplegando una maestría debida a la urgencia,había montado, espoleado, salido
a galope, ejecutando todos estos actosmecánicamente, cual entre sueños, sin aguardar a que se
disipase elcorto hervor de la sangre, sin querer ver a la niña ni darle un beso,porque comprendía,
estaba seguro de que, si lo hiciera, sería capaz depostrarse a los pies del señorito, rogándole
humildemente que lepermitiese quedarse allí en los Pazos, aunque fuese de pastor de ganadoo
jornalero....
No olvidará tampoco la salida de la casa solariega, la ascensión por elcamino que el día de su
llegada le pareció tan triste y lúgubre.... Elcielo está nublado; ciernen la claridad del sol pardos
crespones cadavez más densos; los pinos, juntando sus copas, susurran de un modopenetrante,
prolongado y cariñoso; las ráfagas del aire traen el olorsano de la resina y el aroma de miel de
los retamares. El crucero, apoca distancia, levanta sus brazos de piedra manchados por el oro
viejodel liquen.... La yegua, de improviso, respinga, tiembla, se encabrita....Julián se agarra
instintivamente a las crines, soltando la rienda.... Enel suelo hay un bulto, un hombre, un
cadáver; la hierba, en derredorsuyo, se baña en sangre que empieza ya a cuajarse y ennegrecerse.
Juliánpermanece allí, clavado, sin fuerzas, anonadado por una mezcla deasombro y gratitud a la
Providencia, que no puede razonar, pero lesubyuga.... El cadáver tiene la faz contra tierra; no
importa: Julián hareconocido a Primitivo; es él mismo. El capellán no vacila, no discurrequién le
habrá matado. ¡Cualquiera que sea el instrumento, lo dirige lamano de Dios! Desvía la yegua, se
persigna, se aparta, se alejadefinitivamente, volviendo de cuando en cuando la cabeza para ver
elnegro bulto, sobre el fondo verde de la hierba y la blancura gris delparedón....
¡Ah! No, no olvida nada Julián. No olvida en Santiago, donde su llegadase glosa, donde su
historia en los Pazos adquiere proporcionesleyendarias, donde el éxito de las elecciones, la
partida del capellán,el asesinato del mayordomo, se comentan, se adornan, entretienen alpueblo
casi todo un mes, y donde las gentes le paran en la callepreguntándole qué ocurre por allá, qué
sucede con Nucha Pardo, si escierto que su marido la maltrata y que está muy enferma, y que
laselecciones de Cebre han sido un escándalo gordo. No olvida cuando elarzobispo le llama a su
cámara, a fin de inquirir qué hay de verdad entodo lo ocurrido, y él, después de arrodillarse, lo
cuenta sin poner niquitar una sílaba, encontrando en la sincera confesión inexplicablealivio, y
besando, con el corazón desahogado ya, la amatista que brillasobre el anular del prelado. No
olvida cuando éste dispone enviarle auna parroquia apartadísima, especie de destierro, donde
vivirácompletamente alejado del mundo.
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