Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Los Pazos de Ulloa

suyo confiado,creía notar el capellán que le espiaban. ¿Quién? Todo el mundo:Primitivo, Sabel,
la vieja bruja, los criados. Como sentimos de noche,sin verla, la niebla húmeda que nos penetra y
envuelve, así sentíaJulián la desconfianza, la malevolencia, la sospecha, la odiosidad queiba
espesándose en torno suyo. Era cosa indefinible, pero patente. Endos o tres funciones a que
asistió, figurósele que los curas le hablabancon acento hostil, que el arcipreste le examinaba
frunciendo elentrecejo, y que únicamente don Eugenio le manifestaba la
acostumbradacordialidad. Pero acaso fuesen éstas vanas cavilaciones, y quizás soñabatambién al
imaginarse que, a la mesa, don Pedro seguía continuamente ladirección de sus ojos y acechaba
sus movimientos. Esto le fatigaba tantomás cuanto que un irresistible anhelo le obligaba a mirar
a Nucha muy amenudo, reparando a hurtadillas si estaba más delgada, si comía con buenapetito,
si se notaba algo nuevo en sus muñecas. La señal, oscura elprimer día, fue verdeando y
desapareciendo.
La necesidad de ver a la niña acabó por poder más que las vacilacionesde Julián. Arreglada ya
la capilla, sólo en la habitación de su madrepodía verla, y allí fue, no bastándole el beso robado
en el corredor,cuando el ama lo cruzaba con la nena en brazos. Iba la criatura saliendode esa
edad en que los niños parecen un lío de trapos, y sin perder lagracia y atractivo del ser indefenso
y débil, tenía el encanto de lapersonalidad, de la soltura cada vez mayor de sus movimientos
yconciencia de sus actos. Ya adoptaba posturas de ángel de Murillo; yacogía un objeto y
acertaba a llevarlo a la cálida boca, en laimpaciencia de la dentición retrasada; ya ejecutaba con
indeciblemonería ese movimiento cautivador entre todos los de los niños pequeños,de tender no
sólo los brazos, sino el cuerpo entero, con abandonoabsoluto, hacia la persona que les es
simpática; actitud que lasnodrizas llaman irse con la gente. Hacía tiempo que la
pequeñaredoblaba la risa, y su carcajada melodiosa, repentina y breve, era sólocomparable a
gorjeo de pájaro. Ningún sonido articulado salía aún de suboca, pero sabía expresar divinamente,
con las onomatopeyas que segúnciertos filólogos fueron base del lenguaje primitivo, todos sus
afectosy antojos; en su cráneo, que empezaba a solidificarse, por más que en elcentro latiese aún
la abierta mollera, se espesaba el pelo, de día endía más oscuro, suave aún como piel de topo; sus
piececitos sedesencorvaban, y los dedos, antes retorcidos, el pulgar vuelto haciaarriba, los otros
botoncillos de rosa hacia abajo, se habituaban a laestación horizontal que exige el andar humano.
Cada uno de estos grandesprogresos en el camino de la vida era sorpresa y placer inefable
paraJulián, confirmando su dedicación paternal al ser que le dispensaba elfavor insigne de tirarle
de la cadena del reloj, manosearle los botonesdel chaleco, ponerle como nuevo de baba y leche.
¡Qué no haría él porservir de algo a la nenita idolatrada! A veces el cariño le inspirabaideas
feroces, como agarrar un palo y moler las costillas a Primitivo;coger un látigo y dar el mismo
trato a Sabel. Pero, ¡ay! Nadie puedeusurpar el puesto del amo de casa, del jefe de la familia; y el
jefe....Al capellán le pesaba en el alma la fundación de aquel hogar cristiano.Recta había sido la
intención, y amargo el fruto. ¡Sangre del corazóndaría él por ver a Nucha en un convento!
¿Qué arbitrio adoptar ya? Julián presentía los inmensos inconvenientesde su intervención
directa. Seguro de la teoría, firme en el terreno delderecho, capaz de resistir pasivamente hasta
morir, faltábale lavigorosa palanca de los actos humanos, la iniciativa. En aquella casa
esindudable que andaban muchas cosas desquiciadas, otras torcidas y fuerade camino; el
capellán asistía al drama, temía un desenlace trágico,sobre todo desde la famosa señal en las
muñecas, que no le salía de laacalorada imaginación; mostrábase taciturno; su color sonrosado
setrocaba en amarillez de cera; rezaba más aún que de costumbre; ayunaba;decía la misa con el
alma elevada, como la diría en tiempos de martirio;deseaba ofrecer la existencia por el bienestar
Remove