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Los Pazos de Ulloa

El perro, sorprendido por el tono suave de la orden, vaciló; por fin selanzó entre las urces, y al
punto mismo se oyó un revoloteo, y el bandosalió en todas direcciones.
—¡Ahora, condenado, ahora! ¡Ese tiro!—gritó don Eugenio.
Julián apretó el gatillo.... Las aves volaron raudamente y se perdieronde vista en un segundo.
Chonito, confuso, miraba al que había disparado,a la escopeta y al suelo: el hidalgo animal
parecía preguntar con losojos dónde se encontraba la perdiz herida, para portarla.
Media hora después se repitió la escena, y el desengaño de Chonito. Nifue el último, porque
más adelante, en un sembrado, aún levantó el canun bando tan numeroso, tan próximo, y que
salía tan a tiro, que era casiimposible no tumbar dos o tres perdices disparando a bulto. Otra
vezhizo fuego Julián. El perdiguero ladraba de entusiasmo y de gozo.... Masninguna perdiz cayó.
Entonces Chonito, clavando en el capellán unamirada casi humana, llena de desprecio, volvió
grupas y se alejócorriendo a todo correr, sin dignarse oír las imperativas voces con quelo
llamaban....
No hay cómo encarecer lo que se celebró este rasgo de inteligencia a lahora de la cena. Se
hizo chacota de Julián, y, en penitencia de sutorpeza, se le condenó a asistir inmediatamente,
cansado y todo, a laespera de las liebres.
La luna de aquella noche de diciembre semejaba disco de plata bruñidacolgado de una cúpula
de cristal azul oscuro; el cielo se ensanchaba yse elevaba por virtud de la serenidad y
transparencia casi boreales dela atmósfera.
Caía helada, y en el aire parecía que se cruzaban millares de finísimasagujas, que apretaban
las carnes y reconcentraban el calor vital en elcorazón. Pero para la liebre, vestida con su
abrigado manto de suave ytupido pelo, era noche de festín, noche de pacer los tiernos retoños
delos pinos, la fresca hierba impregnada de rocío, las aromáticas plantasde la selva; y noche
también de amor, noche de seguir a la tímidadoncella de luengas orejas y breve rabo,
sorprenderla, conmoverla yarrastrarla a las sombrías profundidades del pinar....
Tras de los pinos y matorrales se emboscaban en noches así loscazadores. Tendidos boca
abajo, cubierto con un papel el cañón de lacarabina a fin de que el olor de la pólvora no llegue a
los finosórganos olfativos de la liebre, aplican el oído al suelo, y así se pasana veces horas
enteras. Sobre el piso endurecido por el hielo resuenaclaramente el trotecillo irregular de la caza;
entonces el cazador seestremece, se endereza, afianza en tierra la rodilla, apoya la escopetaen el
hombro derecho, inclina el rostro y palpa nerviosamente el gatilloantes de apretarlo. A la
claridad lunar divisa por fin un monstruo defantástico aspecto, pegando brincos prodigiosos,
apareciendo ydesapareciendo como una visión: la alternativa de la oscuridad de losárboles y de
los rayos espectrales y oblicuos de la luna hace parecerenorme a la inofensiva liebre, agiganta
sus orejas, presta a sus saltosalgo de funambulesco y temeroso, a sus rápidos movimientos una
velocidadque deslumbra. Pero el cazador, con el dedo ya en el gatillo, secontiene y no dispara.
Sabe que el fantasma que acaba de cruzar alalcance de sus perdigones es la hembra, la Dulcinea
perseguida yrecuestada por innumerables galanes en la época del celo, a quien elpudor obliga a
ocultarse de día en su gazapera, que sale de noche,hambrienta y cansada, a descabezar cogollos
de pino, y tras de la cual,desalados y hechos almíbar, corren por lo menos tres o cuatro
machos,deseosos de románticas aventuras. Y si se deja pasar delante a la dama,ninguno de los
nocturnos rondadores se detendrá en su carrera loca,aunque oiga el tiro que corta la vida de su
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