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Los Pazos de Ulloa

—¡Ey!—gritó don Eugenio—. Bico-de-rato, ¿no te has tropezado tú nuncacon ningún tigre?
Echa un vasito y cuéntanos si te encontraste algunopor ahí, hom.
Atizóse el ratón su medio cuartillo; brilláronle los ojuelos, limpió ellabio con la bocamanga de
la mugrienta chaqueta, y declaró con acentosincero y candoroso:
—Lo que es trigues..., por estos montes no debe de los haber, que sino, ya los tendría
matados; pero les diré lo que me pasó un día de laVirgen de Agosto....
—¿A las tres y diez minutos de la tarde?—preguntó don Eugenio.
—No..., habían de ser las once de la mañana, y puede que aún no lasfuesen. ¡Pero créanme,
como que esa luz nos está alumbrando! Venía yo detirar a las tórtolas en un sembrado, y me
encontré a la chiquilla deltío Pepe de Naya, que traía la vaca mismo cogida así y hacía ademán
dearrollarse una cuerda a la muñeca. «Buenos días». «Santos y buenos».«¿Me da las rulas?».
«¿Y qué me das por ellas, rapaza?». «No tengo unichavo triste». «Pues déjame mamar de la
vaquiña, que rabio de sed».«Mame luego, pero no lo chupe todo». Me arrodillo así el ratón
medio sehincó de hinojos ante el abad de Naya, y ordeñando en la palma de lamano, con perdón,
zampo la leche. ¡Qué fresca! «Vaya, rapaza.... ¡SanAntón te guarde la vaca!». Ando, ando, ando,
ando, y al cuarto de leguade allí me entra un sueño por todo el cuerpo..., como que me
voyquedando tonto. ¡A escotar! Me meto por el monte arriba, y llegando adonde hay unos tojos
más altos que un cristiano, me tumbo así (conperdón) y saco el sombrero, y lo dejo de esta
manera (reparen bien)sobre la yerba. Sueño fue, que hasta de allí a hora y media no volví enmi
acuerdo. Voy a apañar mi sombrero para largar.... Lo mismo que todosnos habemos de morir y
resucitar en la gloria del día del Juicio, me veodebajo una culebra más gorda que mi brazo
drecho..., ¡con perdón!
—¿Pero no que el izquierdo?—interrumpió don Eugenio picarescamente.
—¡Muchísimo más gorda!—continuó el ratón imperturbable—, y toda rollada,rollada, rollada,
que cabía allí debajo..., ¡y durmiendo como una santade Dios!
—¿Pero roncar, no roncaba?
—La condenada acudía al olor de la leche..., y valió que le dio idea deesconderse en el
chapeo..., que las intenciones bien se las conocí....¡eran de metérseme por la boca, con perdón de
las barbas honradas!
Aunque se armó gran algazara, la moderó algún tanto el cura de Boánrecordando las diversas
ocasiones en que se oían contar casos análogos:culebras que se encontraban en los establos
mamando del pezón de lasvacas, otras que se deslizaban en la cuna de los niños para beberles
laleche en el estómago....
Asistía Julián a la velada, entretenido y contento, porque la alegría yel humor de los cazadores
le disipaba las ideas congojosas de algunosdías atrás, el miedo a la Sabia, a Primitivo, a los
Pazos, los lúgubrespresentimientos acrecentados por la comunicación de los terroresnerviosos de
Nucha. Don Eugenio, viéndole animado, le porfiaba para quefuese a hacerles una visita al
cazadero; negábase Julián, pretextando lanecesidad de decir misa, de rezar las horas canónicas:
en realidad, eraque no quería dejar enteramente sola a la señorita. Al cabo, tantoinsistió don
Eugenio, que hubo de prometer, aplazando para el últimodía.
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