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Los Pazos de Ulloa

Al protestar, Julián se había incorporado, encendido de indignación,echando a un lado su
mansedumbre y timidez congénita. Primitivo, de pietambién, mas sin soltar a Perucho, miró al
capellán fría ysocarronamente, con el desdén de los tenaces por los que se exaltan unmomento.
Y metiendo en la mano del niño la moneda de cobre y entre suslabios la botella destapada y
terciada aún de vino, la inclinó, lamantuvo así hasta que todo el licor pasó al estómago de
Perucho.Retirada la botella, los ojos del niño se cerraron, se aflojaron susbrazos, y no ya
descolorido, sino con la palidez de la muerte en elrostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a
no sostenerlo Primitivo.El marqués, un tanto serio, empezó a inundar de agua fría la frente ylos
pulsos del niño; Sabel se acercó, y ayudó también a la aspersión;todo inútil: lo que es por esta
vez, Perucho la tenía.
—Como un pellejo—gruñó el abad.
—Como una cuba—murmuró el marqués—. A la cama con él en seguida. Queduerma y
mañana estará más fresco que una lechuga. Esto no es nada.
Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas piernas se balanceabaninertes, a cada movimiento de
su madre. La cena se acabó menosbulliciosa de lo que empezara: Primitivo hablaba poco, y
Julián habíaenmudecido por completo. Cuando terminó el convite y se pensó en
dormir,reapareció Sabel armada de un velón de aceite, de tres mecheros, con elcual fue
alumbrando por la ancha escalera de piedra que conducía al pisoalto, y ascendía a la torre en
rápido caracol. Era grande la habitacióndestinada a Julián, y la luz del velón apenas disipaba las
tinieblas, deentre las cuales no se destacaba más que la blancura del lecho. A lapuerta del cuarto
se despidió el marqués, deseándole buenas noches yañadiendo con brusca cordialidad:
—Mañana tendrá usted su equipaje.... Ya irán a Cebre por él.... Ea,descansar, mientras yo
echo de casa al abad de Ulloa.... Está un poco....¿eh? ¡Dificulto que no se caiga en el camino y
no pase la noche alabrigo de un vallado!
Solo ya, sacó Julián de entre la camisa y el chaleco una estampagrabada, con marco de
lentejuela, que representaba a la Virgen delCarmen, y la colocó de pie sobre la mesa donde Sabel
acababa dedepositar el velón. Arrodillóse, y rezó la media corona, contando porlos dedos de la
mano cada diez. Pero el molimiento del cuerpo le hacíaapetecer las gruesas y frescas sábanas, y
omitió la letanía, los actosde fe y algún padrenuestro. Desnudóse honestamente, colocando la
ropa enuna silla a medida que se la quitaba, y apagó el velón antes de echarse.Entonces
empezaron a danzar en su fantasía los sucesos todos de lajornada: el caballejo que estuvo a punto
de hacerle besar el suelo, lacruz negra que le causó escalofríos, pero sobre todo la cena, la
bulla,el niño borracho. Juzgando a las gentes con quienes había trabadoconocimiento en pocas
horas, se le figuraba Sabel provocativa, Primitivoinsolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y
nimiamente amigo de lacaza, los perros excesivamente atendidos, y en cuanto al marqués....
Encuanto al marqués, Julián recordaba unas palabras del señor de la Lage:
—Encontrará usted a mi sobrino bastante adocenado.... La aldea, cuando secría uno en ella y
no sale de allí jamás, envilece, empobrece yembrutece.
Y casi al punto mismo en que acudió a su memoria tan severo dictamen,arrepintióse el
capellán, sintiendo cierta penosa inquietud que no podíavencer. ¿Quién le mandaba formar
juicios temerarios? Él venía allí paradecir misa y ayudar al marqués en la administración, no
para fallaracerca de su conducta y su carácter.... Con que... a dormir...
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