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Los Muertos Mandan

Los oyentes reían, y el capitán Valls, declarando a gritos
su calidad dechueta, miraba a todas partes como si
desafíase a las casas, a laspersonas, al alma de la isla, hostil
a su raza por un odio absurdo desiglos.
Su rostro delataba su origen. Las patillas rubias y
canosas, unidas porun bigote corto, revelaban al marino
retirado de la navegación; perosobre estos adornos
capilares resaltaba su perfil semita, su curva ypesada nariz,
su mentón saliente y unos ojos de párpados
prolongados,con pupilas de ámbar o de oro, según era la
luz, en las que parecíanflotar algunos puntos de color de
tabaco.
Había navegado mucho; había vivido largas temporadas
en Inglaterra y losEstados Unidos, y de la permanencia en
estas tierras de libertad,insensibles a los odios religiosos,
traía una franqueza belicosa que leimpulsaba a desafiar las
preocupaciones de la isla, tranquila e inmóvilen su
estancamiento. Los otros chuetas, atemorizados por varios
siglosde persecución y menosprecio, ocultaban su origen o
procuraban hacerloolvidar con su mansedumbre. El capitán
Valls aprovechaba todas lasocasiones para hablar de él,
ostentándolo como un título de nobleza,como un reto que
lanzaba a la general preocupación.
—Soy judío, ¿y qué?...—seguía gritando—.
Correligionario de Jesús, deSan Pablo y otros santos a los
que se venera en los altares. Losbutifarras hablan con
orgullo de sus abuelos, que datan casi de ayer.Yo soy más
noble, más antiguo. Mis ascendientes fueron los patriarcas
dela Biblia.
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