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Los Muertos Mandan

La noche anterior, al retirarse del Casino, la había
encargado Jaime congran insistencia que le despertase
temprano. Estaba invitado a almorzaren Valldemosa.
«¡Arriba!» La mañana era de las mejores de primavera;
enel jardín de la casa chillaban a coro los pájaros sobre las
ramasflorecientes, mecidas por la brisa que enviaba el
vecino mar por encimade la muralla.
La criada se fue, camino de la cocina, al ver que el señor
se decidía alfin a echarse fuera de la cama. Anduvo Jaime
Febrer casi desnudo por lahabitación, ante la ventana
abierta, partida por una columnadelgadísima. No había
miedo de que le viesen. La casa de enfrente era unpalacio
viejo como el suyo; un caserón de pocos huecos. Frente a
suventana se extendía un muro de color indefinido, con
profundosdesconchados y restos de antiguas pinturas, pero
tan próximo por laestrechez de la calle, que parecía poder
tocarse con la mano.
Habíase dormido tarde, desasosegado y nervioso por la
importancia delacto que iba a realizar en la mañana
siguiente, y el aturdimiento de unsueño corto e ineficaz le
hizo buscar con avidez la cariciareconfortante del agua fría.
Al lavarse en una palangana estudiantil,angosta y pobre,
Febrer tuvo un gesto de tristeza. «¡Ah, miseria!...»
Lefaltaban las más rudimentarias comodidades en aquella
casa de un lujoseñorial y vetusto que los ricos modernos no
podían improvisar. Lapobreza surgía ante su paso, con
todas sus molestias, en estos salonesque le hacían recordar
los espléndidos decorados de ciertos teatrosvistos en sus
viajes por Europa.
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