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Los Muertos Mandan

Recordaba Febrer las sinuosidades de este camino, por el
que no habíapasado en algunos años, lo mismo que un
extranjero que volviese a laisla después de una visita
remota. Más adelante se bifurcaba la ruta:una rama se
dirigía a Valldemosa y otra a Sóller... ¡Ay, Sóller!...
¡Laniñez olvidada que acudía de golpe a su memoria!
Todos los años, en uncarruaje como aquél, emprendía la
familia de Febrer su viaje a Sóller,donde poseía una antigua
casa, de amplio zaguán, la casa de la Luna,llamada así por
un hemisferio de piedra con ojos y nariz que adornaba
loalto del portalón, representando al astro de la noche.
Era siempre a principios de Mayo. El pequeño Febrer,
cuando el carruajetransponía una garganta, en lo más alto
de la sierra, lanzaba gritos dealegría contemplando a sus
pies el valle de Sóller, el jardín de lasHespérides de la isla.
Las montañas, obscuras de pinares y moteadas deblancas
casitas, tenían las cumbres envueltas en turbantes de
vapores.Abajo, en torno a la villa y prolongándose por todo
el valle hasta elmar invisible, estaban los huertos de
naranjos. La primavera estallabasobre este suelo feliz con
una explosión de colores y perfumes. Lasplantas salvajes
crecían entre los peñascos coronados de flores; losárboles
tenían los troncos vestidos de serpenteante verdura; las
pobrescasas de los payeses ocultaban su miseria ruinosa
bajo sábanas derosales trepadores. Acudían de todos los
pueblos del contorno a lafiesta de Sóller las rústicas
familias: las mujeres con blancosrebocillos, pesadas
mantillas y botones de oro en las mangas; loshombres con
vistosos chalecos, capotes de paño y fieltros con cintas
decolor. Gangueaba la dulzaina llamando al baile; pasaban
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