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embates del tiempo ylos soplos del mar. Los sillares caían
de sus alvéolos; las almenastenían las puntas roídas. Al
vender Can Mallorquí, la torre habíaquedado fuera del
contrato, tal vez por olvido, a causa de suinutilidad. Podía
hacer Pep lo que gustase: él no había de volver jamása
aquel lugar olvidado de su juventud.
Y como el payés pretendiese hablar de futuras
remuneraciones, don Jaimele atajó con un gesto de gran
señor. Luego miró a la muchacha. Muyguapa; parecía una
señorita disfrazada; en la isla debían ir losatlots locos tras
de ella.
El padre sonrió, orgulloso y turbado por estos elogios.
«¡Saluda,atlota! ¿Cómo se dice?...»
La hablaba como si fuese una niña, y ella, con los ojos
bajos, el rostrocoloreado por una llamarada de sangre,
cogiendo con la diestra una puntade su delantal, murmuró
trémula algunas palabras en ibicenco: «No; nosoy guapa.
Servidora de vuestra mercé...»
Febrer dio por terminada la entrevista, ordenando a Pep y
a los suyosque fuesen a su casa. El payés conocía de
antiguo a madó Antonia, y lavieja tendría mucho gusto en
verle. Comerían con ella lo que tuviese. Yales vería al
anochecer, cuando volviese de Valldemosa. «¡Adiós,
Pep!¡Adiós, atlots
E hizo señas a un cochero sentado en el pescante de un
carruajemallorquín, vehículo ligerísimo, montado sobre
cuatro ruedas finas, conalegre toldo de lona blanca.

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