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Los Muertos Mandan

¡Sangre!... El rojo escandaloso de la sangre por todas
partes: en lachaqueta y la camisa, que cayeron como
guiñapos al pie de la cama; en lablancura rígida de las
gruesas sábanas; en el cubo de agua que se ibacoloreando
al mojar Pep un trapo para lavar el busto del herido.
Cadaprenda arrancada de su cuerpo esparcía en torno una
menuda lluvia. Lasropas interiores despegábanse de la
carne con un tirón doloroso. La luzdel candil, en su llamear
vacilante, sacaba de las sombras una eternanota roja.
Las mujeres prorrumpían en lamentos. La madre de
Margalida, olvidandotoda prudencia, juntaba las manos y
elevaba los ojos con una expresiónde terror. «¡Reina
Santísima!...» Febrer, a quien el descanso en la camahabía
devuelto la serenidad, extrañábase de estas exclamaciones.
Él sesentía bien: ¿por qué se alarmaban de tal modo las
mujeres? Margalida,silenciosa, con los ojos agrandados por
el terror, iba de un lado aotro, revolviendo ropas, abriendo
arcas, con la precipitación del miedo,pero sin aturdirse al
oír los gritos furiosos de su padre.
El buen Pep, ceñudo, con una palidez verdosa en su tez
obscura, manejabaal herido al mismo tiempo que daba
órdenes. «¡Hilas! ¡muchas hilas!...¡Silencio las hembras!
¿A qué tantos gritos y lamentos?...» Lo que debíahacer su
mujer era ir en busca de cierto pucherete que contenía
unungüento maravilloso guardado a prevención desde los
tiempos de suvaleroso padre, un verro temible habituado a
las heridas.
Y cuando la madre, afligida por las órdenes furiosas,
quería unirse aMargalida para buscar el remedio, la
reclamaba otra vez su marido juntoal lecho. Debía sostener
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