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Los Muertos Mandan

que en sus contorsiones tocaba elsuelo. Era ya una bestia
apocalíptica, un monstruo de la noche que alarquearse
llegaba a las estrellas.
El ladrido de un perro y voces de personas disolvieron
estasfantasmagorías de la soledad. De la sombra surgieron
luces.
¡Don Chaume!¡Don Chaume!...
¿De quién era esta voz femenil? ¿Dónde la había oído?...
Vio bultos negros que se movían, que se inclinaban,
llevando en lasmanos estrellas rojas. Vio un hombre que
retenía a otro más pequeño, yen la mano de este último un
relámpago blanco, tal vez un cuchillo, conel que pretendía
rematar al monstruo pataleante.
No vio más. Sintió que unos brazos suaves, de fina
epidermis y dulcecalor, le cogían la cabeza. Una voz, la
misma de antes, trémula yllorosa, sonó en sus oídos:
¡Don Chaume!¡Ay, don Chaume!...
Percibió en su boca un roce dulce, algo suave que le
acariciabasedosamente, y poco a poco fue extremando su
contacto hasta convertirseen un beso frenético,
desesperado, rabioso de dolor.
El herido, antes de perder la vista, sonrió débilmente al
reconocerjunto a sus ojos unos ojos lacrimosos de amor y
de pena: los ojos deMargalida.
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