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Los Muertos Mandan

lejano de nuevosdisparos. «Un verdadero rosario de tiros»,
según decía el Capellanet,había contestado a las dos
primeras detonaciones.
—Ésos fueron de usted, ¿verdad, don Jaime?—continuó
el muchacho—. Losconocí al momento y se lo dije a
Margalida. Recuerdo la tarde quedisparó usted el revólver
en la playa. Yo tengo mucho oído para estascosas.
Luego contó la desesperación de su hermana, buscando
las ropas ensilencio, queriendo vestirse para correr a la
torre. Pepet laacompañaría. Pero después, súbitamente
acobardada, ya no quiso ir. Sólosabía llorar, y se opuso a
que el muchacho cumpliera su propósito deescaparse por
las bardas del corral.
Habían oído el auquido junto a la alquería, mucho
después de losdisparos; y al hablar de este grito, sonreía el
muchacho con airemalicioso. Luego, Margalida,
súbitamente tranquilizada por las palabrasde su hermano,
había callado, quedando inmóvil en el lecho; pero
durantetoda la noche oyó el Capellanet suspiros de
angustia y un ligeromurmullo, como si debajo del embozo
una voz queda murmurase palabras ypalabras con
incansable monotonía. También la joven había
estadorezando.
Después, al esparcirse la luz del alba, se levantaron todos,
menos elpadre, que seguía en su plácido sueño. Al
asomarse las mujeres alporche, dominadas por los más
lúgubres pensamientos, esperabanpresenciar un cuadro
horroroso: la torre destruida y colgando sobre susruinas el
cadáver del señor. Pero el Capellanet había reído al ver
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