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Los Muertos Mandan

Su sorpresa sólo duró un instante. Le habían hecho fuego
desde elmatorral, en las inmediaciones de la escalera. El
enemigo estaba allí...¡allí! Veía en la obscuridad el punto
de donde habían surgido losfogonazos, y avanzando la
diestra fuera de la puerta, disparó surevólver una... dos...
cinco veces: todas las cápsulas que contenía elcilindro.
Tiró casi a ciegas, desorientado por la obscuridad y el
desconcierto dela cólera. Un leve ruido de ramas
tronchadas, una ondulación casiimperceptible del matorral,
le llenaron de salvaje alegría. Habíaalcanzado al enemigo
indudablemente, y en su satisfacción, se llevó unamano a la
cabeza para convencerse de que no estaba herido.
Al pasarla después por su cara cayó de sus mejillas y sus
cejas algomenudo y granujiento. No era sangre: era tierra,
polvo de argamasa. Susdedos, deslizándose sobre el cuero
cabelludo, estremecido aún por elroce mortal, tropezaron
con dos agujeros de la pared, semejantes apequeños
embudos, que guardaban una sensación de calor. Las dos
balas lehabían rozado, yendo a clavarse en el muro a una
distancia casiimperceptible de su cabeza.
Febrer sintióse alegre por su buena suerte. Él sano,
incólume, ¡y suenemigo!... ¿Dónde estaría en aquel
momento? ¿Debía bajar para buscarleentre los tamariscos y
reconocerlo en su agonía?... De pronto se repitióel grito, el
aullido salvaje, lejos, muy lejos, casi en lasinmediaciones
de la alquería: un auquido triunfante, burlón, que
Jaimeinterpretó como anuncio de próxima vuelta.
El perro de Can Mallorquí, excitado por los disparos,
ladrabalúgubremente. A lo lejos, otros perros le
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