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Los Muertos Mandan

veíaclaro el muchacho el verdadero motivo de la entrevista
de los doscortejantes que él había sorprendido en el monte.
Febrer acogió con un gesto de indiferencia esta noticia, a
la que elCapellanet daba gran importancia. ¿Y qué?... El
cantor insolente yaestaba castigado; y en cuanto al verro,
había huido de sus retos a lapuerta de la alquería. Era un
cobarde.
Pepet movió la cabeza con incredulidad. ¡Ojo, don Jaime!
Él ignoraba lascostumbres de los valientes de la tierra, las
astucias de que se valíanpara asegurarse la impunidad en
sus venganzas. Debía permanecer enguardia, ahora más
que nunca. El Ferrer sabía lo que era el presidio,y no
deseaba volver a él. Lo que acababa de hacer lo habían
hecho otrosverros antes.
Se impacientó Jaime ante el aire misterioso y las palabras
confusas delmuchacho.
—¡Para qué tapujos!... ¡Habla!
El Capellanet expuso al fin sus sospechas. Ya podía el
herrero hacerlo que quisiera contra don Jaime: podía
esperarle emboscado en lostamariscos al pie de la torre y
matarlo de un tiro. Las sospechas sedirigirían
inmediatamente contra el Cantó, recordando la
cuestiónocurrida en la alquería y sus palabras de venganza.
Con esto y conprepararse el verro una coartada,
trasladándose a todo correr por losatajos a algún punto
lejano donde todos le viesen, le sería fácilcumplir su
venganza, sin peligro.
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