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Los Muertos Mandan

Lloraba con la rabia del débil enfurecido, capaz de
lasmayores venganzas, pero que se siente al mismo tiempo
esclavo de suimpotencia.
—¡A mí! ¡a mí!—gemía asombrado de este ataque. De
pronto se agachó,buscando piedras en la obscuridad para
arrojarlas contra Febrer, y acada pedrada retrocedía algunos
pasos, como para defenderse de una nuevaagresión. Los
guijarros, despedidos por sus brazos débiles, fueron
aperderse en la sombra o rebotaron contra el porche.
Luego ya no silbaron más piedras. Algunos amigos del
Cantó se lollevaban casi a rastras en la obscuridad.
Oyéronse sus gritos a lolejos: profería amenazas, juraba
vengarse... «¡Mataría al forastero! ¡Élsolo acabaría con el
mallorquín!...»
Este permaneció inmóvil, con una mano en la faja, entre
tantos enemigos.Sentíase avergonzado de su arrebato.
¡Pegarle al pobre tísico!... Parasofocar sus remordimientos,
profirió en voz baja soberbios retos. «¡Otrodeseaba él que
hubiese cantado!...» Y sus ojos buscaron al Ferrer,pero el
temible verro había desaparecido.
Cuando Febrer, media hora después, apaciguado ya el
tumulto, volvía a sutorre, detúvose varias veces en el
camino, con el revólver en ladiestra, como si esperase a
alguien.
¡Nadie!
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