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Los Muertos Mandan

—Pep: tú quieres decirme algo y no te atreves—dijo
Jaime en dialectoibicenco.
—Así es, señor.
Y Pep, igual a todos los tímidos, que dudan y vacilan
antes de hablar,pero una vez perdido el miedo se lanzan
adelante ciegamente, empujadospor el propio temor,
expuso con rudeza su pensamiento.
«Sí; algo tenía que decirle, algo muy importante. Dos días
había estadopensándolo, pero ya no podía callar más
tiempo. Si se había encargado detraer la comida del señor,
era sólo por hablarle... ¿Qué deseaba donJaime? ¿Por qué
se burlaba de ellos, que le querían tanto?...»
—¡Burlarme!—exclamó Febrer.
«Sí; burlarse de ellos.» Pep lo afirmaba con tristeza.
«¿Qué había sidolo de la noche de la tormenta? ¿Qué
capricho había impulsado al señor apresentarse en pleno
cortejo, sentándose al lado de Margalida como sifuese un
pretendiente?...» ¡Ah, don Jaime! Los festeigs son
cosaseria: por ellos se matan los hombres. Bien sabía él que
los señores seburlaban de esto, considerando casi como
salvajes a los payeses de laisla; pero a los pobres hay que
dejarles sus costumbres, olvidarlos, noturbar sus escasas
alegrías.
Ahora fue Febrer quien puso el gesto triste.
—¡Pero si yo no me burlo de vosotros, querido Pep! ¡Si
todo esverdad!... Entérate de una vez: soy pretendiente de
Margalida, como elCantó, como ese verro antipático, como
todos los muchachos queacuden a tu cocina para
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