Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Los Muertos Mandan

sonreíasentado en el suelo con la mandíbula apoyada en
ambas manos.
Pep dormitaba en su silla baja, vencido por el cansancio,
y su mujerlanzaba sordos alaridos de terror cada vez que un
trueno fuerte conmovíala casa, intercalando en sus gemidos
fragmentos de oraciones, murmuradasen castellano para
mayor eficacia. «Santa Bárbera bendita, que en elsielo
estás escrita...» Margalida, insensible a las miradas de
suspretendientes, parecía próxima a dormirse en su asiento.
Resonó de pronto la puerta con dos golpes dados por una
mano. El perro,que se había erguido momentos antes como
adivinando la presencia dealguien en el porche, estiró el
cuello, pero no ladró, moviendo la colacon tranquilidad.
Margalida y su madre miraron a la puerta con cierto
miedo. «¿Quiénpodría ser? ¡A aquellas horas, en aquella
noche, en la soledad de CanMallorquí!...¿Le habría
ocurrido algo al señor?...»
Pep, despertado por estos golpes, se incorporó en su
asiento. «¡Avantqui siga!» Invitaba a entrar con una
majestad de padre de familia aluso latino, señor absoluto de
su casa. La puerta sólo estaba entornada.
Se abrió, dando paso a una ráfaga de viento cargada de
lluvia, que hizoestremecerse las luces del candil y refrescó
el denso ambiente de lacocina. Iluminóse con el resplandor
de una exhalación el negrorectángulo de la puerta, y todos
vieron en ella, sobre el cielo lívido,una figura encapuchada,
una especie de penitente, chorreando lluvia ycon el rostro
casi oculto.
Remove