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Los Muertos Mandan

balanceándose la barca enaguas tranquilas, paradisíacas,
límpidas, con un fondo visible deextrañas vegetaciones, en
el que bullían los peces entre chisporroteosde plata y
relámpagos de carmín.
El cielo amanecía nublado los más de los días, y el mar
ceniciento. ElVedrá parecía más enorme, más imponente,
alzando su cónica aguja en estaatmósfera tempestuosa. El
mar se despeñaba en cataratas dentro de lascavidades de
sus cuevas, con gigantescos cañonazos. Las
cabrassilvestres, en sus alturas inaccesibles, saltaban de
meseta en meseta, yúnicamente cuando rodaba el trueno en
el azul sombrío y los rayos comoserpientes ígneas bajaban
con veloz angulosidad a beber en el inmensoabrevadero del
mar huían las tímidas bestias con balidos de terror
arefugiarse en las oquedades cubiertas por el ramaje de las
sabinas.
Febrer iba de pesca con el tío Ventolera muchos días de
mal tiempo. Elviejo conocía bien su mar. Algunas mañanas
que Jaime se quedaba en ellecho viendo filtrarse por las
rendijas la luz lívida y difusa de un díatempestuoso, tenía
que levantarse apresuradamente al oír la voz de
sucompañero, que «cantaba la misa» acompañando los
latinajos con pedradasa la torre. «¡Arriba! El día era bueno
para la pesca. Iban a cogermucho.» Y cuando Febrer
parecía inquieto contemplando el mar amenazador,le
explicaba el viejo que al abrigo de la parte opuesta del
Vedráencontrarían aguas tranquilas.
Otras veces, en mañanas esplendorosas, aguardaba Febrer
inútilmente lallamada del viejo. Pasaban las horas. Tras la
luz rosada del amanecermarcábanse en las rendijas las
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