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Los Muertos Mandan

El mismo Jaime reconocía con cierta envidia el vigor del
temibleherrero. ¡Qué animal!...
De pronto vio cómo buscaba algo en su faja y avanzaba
una mano hacia elsuelo, sin detenerse en sus evoluciones y
saltos. Una nube de humo seesparció sobre la tierra, y entre
sus blancas vedijas marcáronse,pálidos y sonrosados por la
luz del sol, dos rápidos fogonazos. Acontinuación sonaron
dos truenos.
Las mujeres agrupáronse chillando con instantáneo susto;
los hombresquedaron indecisos; pero al momento,
reponiéndose todos, prorrumpieronen gritos de aprobación
y aplausos.
¡Muy bien! El Ferrer había disparado la pistola a los pies
de supareja: la suprema galantería de los hombres
valientes; el mayorhomenaje que podía recibir una atlota
de la isla.
Y Margalida, mujer al fin, siguió bailando, sin haberla
impresionadogran cosa, como buena ibicenca, el estampido
de la pólvora. Fijaba en elFerrer una mirada de
agradecimiento por su bravura, que le hacíadesafiar la
persecución de la Guardia civil, tal vez
próxima;contemplaba después a sus amigas, temblorosas
de envidia por estehomenaje.
Hasta el mismo Pep, con gran indignación de Jaime,
mostrábase orgullosode los dos tiros disparados a los pies
de su hija.
Febrer era el único que no parecía entusiasmado por esta
hazaña galantedel verro.
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