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Los Muertos Mandan

rojos o blancos y faldas verdes, brillando alsol sus grandes
cadenas de oro. Junto a ellas caminaban lospretendientes,
escolta tenaz y hostil que se disputaba una mirada o
unapalabra de preferencia, asediando varios a la vez a la
misma moza.Cerraban la marcha los padres de las
muchachas, envejecidos antes detiempo por las fatigas y
sobriedades de la vida del campo, pobresbestias de la tierra,
sumisas, resignadas, negras de piel, con losmiembros secos
como sarmientos, y que en la modorra de su
menterecordaban cual una vaga y remota primavera los
años del festeig.
Cuando Febrer llegó al pueblo se dirigió rectamente a la
iglesia. Loformaban seis u ocho casas con la alcaldía, la
escuela y la taberna entorno del templo. Éste erguíase
soberbio y poderoso, como nexo de uniónde todo el caserío
esparcido por valles y montes en algunos kilómetros ala
redonda.
Jaime, despojándose del sombrero para limpiarse el sudor
de la frente,se refugió bajo las arcadas de un pequeño
claustro que precedía a laiglesia. Allí experimentó la
misma sensación de bienestar del árabe quese acoge a un
solitario morabito tras la marcha por el arenal
inflamadocomo un horno.
La blancura de la iglesia, enjalbegada de cal, con sus
arcadas frescas ysus ribazos de piedra seca coronados de
nopales, hacía pensar en unamezquita africana. Tenía más
de fortaleza que de templo. Sus tejadosestaban ocultos por
el borde superior de los muros, especie de reductosobre el
cual habían asomado muchas veces escopetas y trabucos.
La torreera un torreón de guerra coronado todavía de
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