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Los Muertos Mandan

Pepet, ansioso de realizar cuanto antes su deseo, contestó
con enérgicosmovimientos de cabeza. Sí; un adorno nada
más... Pero sus ojos seobscurecieron con una duda cruel...
Un adorno; pero si alguien leofendía llevando tal
compañero, ¿qué debe hacer un hombre?...
¡Pepet!... ¡Atlot!
La voz de cristal sonó ahora al pie de la torre. Febrer
esperaba oírlamás cerca, ver aparecer la cabeza de
Margalida y luego todo su cuerpo enel hueco de entrada.
En vano aguardó largo rato: la voz fue
haciéndoseapremiante, con graciosos temblores de
impaciencia, pero sin aproximarsemás.
Febrer se asomó a la puerta y vio a la muchacha al pie de
la escalera,algo empequeñecida por la distancia, con
hinchada falda azul y unsombrero de paja del que pendían
cintas a flores. Sobre el fondo de lasamplias alas del
sombrero, iguales a una aureola, destacábase su rostro,de
una palidez de rosa, en el que parecían temblar las gotas
negras delos ojos.
¡Salut, Flo d'enmetllé!—dijo Febrer con cierta
inseguridad en lavoz, pero sonriendo.
«¡Flor de almendro!...» Al oír la muchacha este nombre
en boca delseñor, el carmín de una expansión sanguínea
ocultó momentáneamente lasuave blancura de su tez...
«¿Ya sabía don Jaime este nombre?... ¿Un señor como él
se enteraba detales tonterías?...»
Febrer sólo vio ya la copa y las alas del sombrero de
Margalida. Habíabajado la cabeza, y en su turbación
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