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Los Muertos Mandan

maliciososfijábanse en el señor con una expresión de can
alegre y fiel.
—Pero ¿no estabas en Ibiza para ser cura?—preguntó
Jaime mientrasatacaba la comida.
El muchacho movió la cabeza. Sí, señor; estaba. Su padre
lo habíaconfiado a un profesor del Seminario. ¿Sabía don
Jaime dónde era elSeminario?...
Hablaba el pequeño payés de él como de un remoto lugar
de tortura. Niárboles, ni libertad, ni aire apenas: la vida no
era posible en aquelencierro.
Febrer, oyéndole, recordaba su visita a la ciudad alta, la
Real Fuerzade Ibiza, población muerta, separada del barrio
de la Marina por unagran muralla del tiempo de Felipe II,
con los intersticios de la piedraarenisca cubiertos de verdes
y ondeantes alcaparros. Estatuas romanassin cabeza
decoraban en tres hornacinas la puerta que comunicaba
laciudad con el arrabal. Más allá, las calles tortuosas
empezaban aempinarse hacia la cumbre, ocupada por la
catedral y el castillo:pavimentos de piedra azul, por cuyo
centro corrían en pendiente lasinmundicias; fachadas de
nítida blancura, marcando borrosamente bajo
suenjalbegado escudos nobiliarios y la labor de antiguos
ventanales; unsilencio de cementerio a orillas del mar,
interrumpido solamente por ellejano rumor de la resaca y el
zumbido de las moscas amontonándose en elarroyo. De
tarde en tarde, pasos en el pavimento de estas calles
morunasy ventanas que se entreabren con la ávida
curiosidad de un sucesoextraordinario; unos soldados que
suben lentamente hacia el castillo porlas empinadas
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