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Los Muertos Mandan

nietos de corsarios, eran para él agradablescompañeros de
existencia. Pretendía contemplarlos de lejos, como
untestigo curioso, pero lentamente sus costumbres habían
hecho presa enél, arrastrándolo a los mismos hábitos de
existencia. No tenía enemigos,y sin embargo, en sus paseos
por la isla, cuando no llevaba la escopetaal hombro,
ocultaba un revólver en su faja... por si acaso.
En los primeros días de su estancia en la torre, como las
necesidades dela instalación le obligaban a ir a la ciudad,
conservó su traje; peropoco a poco prescindió de la corbata,
del cuello de camisa, de lasbotas. La caza le hizo preferir la
blusa y el pantalón de pana de lospayeses. La pesca le
aficionó a marchar con los pies desnudos dentro deunas
alpargatas por playas y peñascos. Un sombrero igual al que
usabantodos los atlots en la parroquia de San José cubrió su
cabeza.
La hija de Pep, conocedora de las costumbres de la isla,
admiraba concierto agradecimiento el sombrero del señor.
Los hombres de los diversoscuartones que de antiguo
dividían a Ibiza distinguíanse unos de otrospor la manera
de llevar el sombrero y la forma de sus alas,
diferenciaimperceptible para el que no fuese de la tierra. El
de don Jaime eraidéntico al de todos los atlots de San José
y se diferenciaba de losusados por los vecinos de los otros
pueblos, todos con nombres desantos. Un honor para la
parroquia de que ella era hija.
¡Ingenua y graciosa Margalida! Febrer gustaba de hablar
con ella,gozándose en el asombro que sus relatos de otras
tierras y sus bromas,dichas con gesto grave, despertaban en
su alma simple...
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