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Los Muertos Mandan

aislado, mojón soberbio de trescientos metros de altura,que
en su aislamiento aún parecía más enorme. A sus pies la
sombra delcoloso daba a las aguas un color denso y
transparente a la vez. Más alláde su sombra azulada hervía
el Mediterráneo con burbujeo de oro bajo laluz del sol, y
las costas de Ibiza, rojas y escuetas, parecían irradiarfuego.
Jaime venía a pescar todos los días de calma en un
estrecho canal, entrela isla y el Vedrá. Era en los días
buenos un río de agua azul, conpeñascos submarinos que
asomaban sobre la superficie sus cabezas negras.El gigante
se dejaba abordar, sin perder por eso su aspecto
imponente,duro y hostil. Así que refrescaba el viento, las
cabezas mediosumergidas se coronaban de espuma,
lanzando rugidos; montañas de aguapenetraban sordas y
lívidas en la marítima garganta, y había que izar lavela y
huir cuanto antes de este callejón, caos ruidoso de
remolinos ycorrientes.
En la proa de la barca estaba el tío Ventolera, viejo
marinero que habíanavegado en buques de diversas
naciones, y era el acompañante de Jaimedesde que éste
llegó a Ibiza. «Cerca de ochenta años, señor», y nodejaba
un solo día de embarcarse para pescar. Ni enfermedades ni
miedoal mal tiempo. Tenía el rostro curtido por el sol y el
aire salitroso,pero con pocas arrugas. Las piernas, enjutas y
al descubierto bajo unospantalones arremangados, tenían la
piel fresca y tirante de los miembrosvigorosos. La blusa,
abierta sobre el pecho, dejaba ver una pelambreragris, del
mismo color que su cabeza, cubierta con una gorranegra—
recuerdo de su último viaje a Liverpool—, con una
borlaencarnada en el vértice y ancha cinta a cuadritos
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