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Los Muertos Mandan

Era cierto que en la isla este matrimonio iba a producir
escándalos yprotestas; pero ¿y él?... ¿No tenía derecho a
buscar su salvación porcualquier medio? ¿Era acaso una
novedad que gentes de su claseintentasen rehacer su
fortuna por medio de un casamiento? ¿Y los duquesy
príncipes que buscaban el oro en América dando su mano a
hijas demillonarios de origen más censurable que don
Benito?...
¡Ay! Aquel loco de Pablo Valls tenía en parte razón. Esas
alianzaspodían ser en el resto del mundo, pero Mallorca, la
amada Roqueta,tenía un alma todavía viva, el alma de otros
siglos, cargada de odios ypreocupaciones. Las gentes eran
tales como habían nacido, tales comofueron sus padres, y
así habían de seguir en el ambiente inmóvil de laisla, que
no lograban conmover lejanas y tardas ondulaciones
venidas defuera.
Jaime se agitaba inquieto en su lecho. No tenía sueño...
¡Los Febrer!¡Qué pasado tan glorioso! ¡Y cómo gravitaba
sobre él este pasado, comouna cadena de esclavitud que
aún hacía más triste su miseria!...
Había pasado muchas tardes en el archivo de la casa, la
pieza inmediataal comedor, registrando legajos apilados en
armarios con puertas dealambre, a la luz suave que se
filtraba por las persianas de los huecos.¡Polvo y papel viejo
que había que sacudir para que no lo devorasen laspolillas!
¡Bárbaras cartas de navegación, con erróneos y
caprichososperfiles, que habían servido a los Febrer en sus
primeras travesíascomerciales!... Por todo esto apenas sí le
darían con que comer unosdías; y sin embargo, la familia
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